31 diciembre, 2013

La última y nos vamos


Dada la vergonzante situación del blog (que no obstante ha cumplido con su objetivo inicial: ser un espacio anarcopunky con corbata en donde hay absoluta libertad para escribir y decir lo que nos venga en gana), más abandonado que un perro callejero, en esta última entrada de 2013, quiero dar por concluida mi participación en éste, una vez que termine algunos post que tengo pendientes (deudas del pasado). También aprovecho el espacio para anunciar la creación de dos blogs  más:

  • http://clubpkd.blogspot.mx/, un lugar para los fans de la ciencia ficción y los relatos metaficcionarios. En este espacio difundiremos cuentos, videos, cómics, ensayos y otros datos curiosos sobre el género. Es decir: no hay pierde, el blog está destinado exclusivamente a este tipo de temas (desafortunadamente, no encontrarán más textos incendiarios contra el mal gobierno que nos sube el precio del metro y las tortillas).
  • elbauldelosmonstruos.wordpress.com, el camión de las mudanzas llegará a este  nuevo recinto en donde además de leer mis relatos publicado en atodoleponespero.blogspot.com‎, podrán echar un vistazo a los nuevos engendros creados en mi laboratorio, y otros retazos que tengo en el cajón, como entrevistas, crónicas, albures, ensayos, bitácoras de viaje, poemas bizarros, recomendaciones y lo que encuentre en el camino.


Faltan casi 10 horas para que venga 2014 con su costal de chacharitas, nos vemos del otro lado del agujero negro con nuestros libros bajo el brazo.

01 abril, 2013

Geminga





Genaro aspiró hondo antes de cruzar la puerta. Miró el vestido floreado de Julieta, el largo exacto de la tela para dejar a la vista sus piernas sin parecer vulgar. La puerta se cerró tras él, el sonido le recordó el de la reja de una prisión. El olor de la casa de entrada no lo gustó, mezcla de tocino y flores tropicales. Pinturas abstractas saturaban cada espacio de la pared, acomodadas de tal forma que componían una sola obra de arte. Una mesa de centro y sillones de peluche blanco completaban la sala, sobre uno de los respaldos un gato negro lo miró con desdén.
            —Voy por ellos —la alegría de Julieta no era lo suficientemente auténtica como para ocultar su nerviosismo—, espera aquí, amor.
            La vio alejarse y se maravilló de su andar como cuando la conoció. Aún no podía acostumbrarse a ser poseedor de una mujer tan bella. Movió los dedos de los pies dentro de los apretados zapatos y puso las manos detrás de la espalda. Se acercó a examinar una pata de elefante que crecía en una pesada maceta de cerámica, atraído por el brillo de sus alargadas hojas. Ninguna relación con los dos despelucados helechos supervivientes en su árido departamento. Junto a los sillones, guardando el paso hacia lo que debía ser el comedor, un mueble de madera coronado por dos vitrinas exhibía una colección de muñequitos de barro en posiciones obscenas. Había desde parejas y tríos teniendo sexo hasta hombres con falos gigantes y mujeres incrustando los puños dentro de sus orificios. Sintió vergüenza automática y regresó la vista a los cuadros y después al gato negro. Tenía ojos amarillos con rombos por pupilas; grande como un perro chihuahua, esbelto y con un collar rojo con cascabel. La impecable limpieza de la mesa de centro le causó un escalofrío. Quería vivir así. Y quería vivirlo junto con Julieta. Tal vez con menos cuadros en las paredes, pero sí con plantas resplandecientes, mascotas finas, y lo mejor de todo, la mujer más guapa posible de conseguir. Sonrió, y con la sonrisa regresó el nerviosismo, ausente durante el primer análisis de la casa, la casa de sus suegros, a quienes apenas iba a conocer.
         —Bienvenido, joven, bienvenido —un hombre con una calva reluciente, ancho bigote blanco, camisa polo y sonrisa gigante entró a la sala—; por favor, tome asiento, está en su casa.
            Genaro se sentó de sopetón espantando al gato, que maulló y se fue con paso iracundo.
            —¿Algo de beber? Tenemos whisky, tequila, ron, vodka, cervecitas, lo que quiera joven —el hombre se recargó en uno de los sillones mientras con la cabeza seguía el recorrido del gato—, sin pena, por favor, está en su casa.
            —Un whisky está bien —contestó Genaro, atento también al lento caminar del felino que se dirigía a la cocina.
            —Perdona, soy un grosero —dijo el hombre dándose una palmada en la frente y acercándose con la otra mano extendida—, mi nombre es Jesús y soy el padre de Julieta, como ya te habrás imaginado —Genaro estrechó su mano sintiéndose ridículo por hacerlo en el sillón mientras su futuro suegro permanecía de pie—. Entonces, ¿un whisky?
            —Pero ninguno para ti, Jesús, que ya sabes cómo está tu hígado —se escuchó, como una campana, la voz de una mujer acercándose por el pasillo—, no quiero llevarte otra vez al hospital a las cinco de la mañana.
            La suegra de Genaro hizo aparición. Era alta y delgada, ojos verdes, cabello corto sin tinte que cubriera su incipiente blancura y un rictus de severidad plasmada en las arrugas alrededor de los labios. Llevaba un amplio chal de colores oscuros sobre un vestido chiapaneco negro. Genaro se puso de pie mientras ella extendía la mano presentando el anverso. Se sintió impelido a besarla, conteniéndose y estrechándola con suavidad. La suegra sonrió, entre pícara y desdeñosa.
            —El famoso Genaro, es un gusto conocerte finalmente. Soy Josefina —sin interrupción se volvió hacia Julieta—. Tienes razón, tiene todo el aire de médico.
            —¿Eres doctor? —preguntó Jesús, quien volvía con dos vasos de whisky y soda en las rocas—, porque fíjate que últimamente he tenido un zumbido el oído que por las noches es insoportable.
            —Papá, te dije mil veces que era doctor, estudiante de neurocirugía —se quejó Julieta sentándose al lado de Genaro.
            —Ya conoces a tu padre, hasta la fecha no ha podido aprenderse nuestro número telefónico —la puya de Josefina no fue escuchada por su marido, que había vuelto a la cocina. Regresó con un caballito de tequila que le ofreció a su esposa y una cerveza para Julieta—. Entonces el whisky es para ti, ya veo —insistió Josefina levantando los hombros—, allá tú y tu hígado.
            —Brindemos —ignorando a su mujer levantó Jesús el vaso—, por el gusto de tener a nuestra hija y a este apuesto joven con nosotros.
            —Recuerda, les contaremos cuando llegue el postre —murmuró Julieta en el oído de Genaro tras el brindis.
            El trago le supo amargo.
      Cuarenta minutos después terminaban el estofado de res con huitlacoche guisado por doña Bere, la cocinera de Julieta. De fondo sonaban sonatas de Mozart y preludios de Bach. El comedor era de madera negra, adornado a la espalda de Genaro por una colección de platos pegados a la pared de estilos dispares y coloridos. El muro y los ventanales de enfrente miraban al jardín, adormecido en el fin del atardecer; junto a la puerta a la cocina había un cuadro gigante, vertical, que representaba a una prostituta parada en la calle de noche. El artista había deformado el entorno hasta convertirlo en manchones planos, casi irreconocibles, que daban idea de la banqueta, un cartel pegado en la pared, luz de neón y los faros de los autos; en cambio la mujer estaba delineada con pulcritud, simplista pero conteniendo la esencia de cada detalle. Debía tener menos de treinta años, y a pesar de la fatiga presente en el rostro y la melancolía de los ojos conservaba una hermosura casi inocente. Genaro pensó, palideciendo moralmente como a todos nos sucede de vez en cuando, en que precisamente la tristeza de esa mirada la hacía apetecible: se debía mancillar esa belleza descarriada, hundirla en el fango y después no voltear atrás. Miró a su novia, sentada a su lado, y por un segundo la sintió ordinaria, lejana de todo sufrimiento. Después miró el gesto serio de su suegra y sintió miedo, el conocido miedo venido en súbitos accesos el último mes. ¿Estoy tomando la decisión correcta? Volvió a ver a su novia, y después al cuadro de la prostituta. Sí, lo es, se dijo.
            La conversación fue dominada por Jesús y Julieta, una larga perorata sobre las últimas reformas del gobierno, repulsivamente dañinas para el país y denigrantes para la gente, coincidieron los dos, partidarios de la rama más crítica de las izquierdas. Jesús recitaba nombres de políticos, economistas y teóricos con una fluidez que contrastaba con su pacífica y bonachona fisonomía. Josefina comía en silencio, dando discretos sorbos a su tequila. Llegó el postre, flan horneado, y con él unos golpecitos del pie de Julieta en la pierna de Genaro que le dijeron "es hora de hablar con ellos". El estómago del novio sufrió una contracción. Había llegado el temido y esperado momento. Para su suerte, buena o mala, Josefina decidió que era momento de intervenir.
            —¿Y qué te ha parecido la casa? —preguntó mirándolo a los ojos—, ¿qué diferencias encuentras entre quienes habías imaginado cuando mi hija te contaba sobre nosotros y la realidad?
            El futuro yerno se congeló por un segundo, oliendo una trampa. Obviamente no podía contestar con un simple "está bonita su casa, señora, y ustedes son maravillosos", con seguridad se esperaba de él alguna observación notable, el análisis de la ironía de los sillones de peluche blanco y el gato negro, un lucimiento intelectual así. Pero era un simple médico general en vías de convertirse en neurocirujano y poseer un BMW, había tenido metida la nariz durante años en libros de bioquímica, anatomía, farmacología y nefrología como para además saber de arte, política y literatura. Claro, se había ganado a Julieta tras una veloz cadena de acontecimientos inevitables para los dos, pero lo hizo siendo él mismo, no fingiendo ser un gimnasta intelectual.
        —Me parece provocadora la decoración, y ustedes son decididamente más interesantes que las versiones de Julieta, aunque hay que ver que los quiere en grande.
            —Sí, le he hablado mucho de ustedes —intervino inmediatamente su novia buscándole la mano bajo la mesa—, es importante que se conozcan. Tenemos algo qué decirles.
            La música de fondo hizo una pausa. Él sintió los ojos de sus suegros clavados en su cara, sin duda intuían la frase por venir; a su vez, su novia volteó a verlo, y encontró en esas pupilas la correspondencia de quien se ha entregado completamente. Era el momento.
            —Vamos a casarnos...
            Dijeron al unísono, aunque sus palabras se perdieron en el vigoroso inicio de una pieza de Beethoven e inmediatamente después en la oscuridad y silencio de un apagón. Los últimos estertores de la tarde en el jardín se convirtieron en la única luminiscencia. Doña Bere, desde la cocina, lanzó un "se fue la luz" que vino a restarle solemnidad al momento.
            —Los veo decididos —habló la figura negra correspondiente a Josefina—, y que el ritual de pedir la mano a los padres de la novia y demás piezas de museo han sido exitosamente desechadas por ustedes. Me alegra tener una hija tan acorde a sus tiempos. Y me alegra su noticia, aunque debo catalogarla de un tanto inesperada. ¿No hay algo que los esté empujando, algún accidente nuevemesino?
            —Permítanme asumir el papel de abogado del diablo aquí —intervino Jesús, su calva relucía con la poca luz que entraba del jardín. En la cocina se encendieron velas—, pero como padre de la primera hija que se me quiere casar debo hacerlo. ¿Cuánto llevan de novios? ¿No más de cuatro meses?
            —Seis meses papá, aunque eso no importa; y no hay ningún accidente, mamá, me ofende tu insinuación —contestó Julieta con voz dignísima; doña Bere, rechoncha y morena mujer de caminar tropical y eterna sonrisa, llegó con un par de candelabros de tres velas a la mesa—. Jamás he sentido esto por alguien y sé que no lo sentiré por nadie nunca más. La decisión está hecha, no me voy a arrepentir, y ustedes no tienen derecho a cuestionarme.
            —Pero debes escuchar nuestra opinión —dijo Josefina con el caballito semivacío en la mano—, al fin de cuentas tampoco tienes derecho a cuestionarnos.
            En la danzante luz de las velas Genaro creyó ver en sus suegros la chispa de la furia. ¿Se convertiría la velada en una serie de recriminaciones entre padres e hija en vez del deseado escenario de felicidad por el futuro matrimonio, como había ocurrido cuando se lo dijo a sus propios padres, la semana pasada?; vaya, hasta su madre le regaló a Julieta las joyas con las que se casó la abuela. Pero los singulares suegros estaban forjados en otro molde. La luz del ocaso se tornó blanquecina, renuente a desaparecer. Doña Bere salió al jardín. Genaro no podía permanecer con la boca cerrada.
            —Ustedes no me conocen, pero para mí esto también es fuera de lo normal. Su hija es la mujer más increíble que cualquier hombre pueda conocer. La quiero siempre a mi lado. Y si ella me ama también, aunque seamos muy jóvenes dentro de los estándares de la generación, sólo un idiota la dejaría ir. Por eso estoy aquí ante ustedes.
            —Y lo agradecemos, Genaro, te lo aseguro —la voz de Josefina era tan seca que costaba creerle—. Pero debimos conocernos antes. Esto es un proceso. Y si eligen con el estómago en vez de con la cabeza tomarán decisiones equivocadas. Porque se están yendo muy rápido...
            —Señora, tiene que venir a ver esto, por favor —interrumpió doña Bere muy agitada, sus cachetes rojos parecían grandes manzanas en la escasa luz.
            Molesta, Josefina se puso de pie con ánimo de regañar a su cocinera, pero ésta la tomó de la brazo y la arrastró hasta el jardín.
            —¿Qué pasa papá? —preguntó Julieta con un dejo de temor que le trajo a Genaro la imagen de una niña asustada en medio de la noche.
            Tras la ventana podían ver que doña Bere le señalaba algo en el cielo a Josefina, quien asentía con la cabeza. Julieta se acercó al oído de su novio, dispuesta a decirle una frase, cuando su madre regresó del jardín impidiendo la confidencia.
            —Parece que tenemos un cometa en el vecindario —parecía de buen humor—, único acontecimiento astronómico capaz de interrumpir semejante ocasión. Pero vengan, no pueden perdérselo. Tal vez sea una señal sobre su matrimonio.
            Tropezándose, los demás abandonaron la mesa. Genaro sintió el frío de la noche sobre sus brazos desnudos. La falta de energía al parecer había afectado a toda la ciudad, la oscuridad era casi completa. Abrazó a Julieta antes de levantar la vista hacia el cielo en la dirección señalada por múltiples dedos. Vio un objeto similar a un cometa, aunque sin cauda, más grande y azulado. Había pocas nubes y la luna era nueva; el cielo negro, fresco y profundo, inundado de estrellas, parecía resplandecer.
            —¿No debería tener cola? —preguntó Julieta como si hablara sólo por hablar, en su voz Genaro detectó una felicidad plena, en posesión del momento.
            —Posiblemente esté exactamente atrás de él —teorizó Jesús—; lo sorprendente es su cercanía, en la prensa los astrónomos debieron decir algo.
            —Y justo ahora que se fue la luz —intervino doña Bere en voz baja, como si estuviera en la iglesia—, es una señal de Dios.
            —El fin del mundo —se le escapó a Genaro.
            Los tres miembros de la familia voltearon a verlo. Había roto el encanto. Julieta dejó de abrazarlo. Genaro se replegó dentro de sí mismo.
            —Patrona, se está haciendo más grande.
         Los demás volvieron la mirada arriba. En efecto, la luz había crecido. El color azul parecía provenir de las orillas, fulgores alargados que amenazaban con lastimar los ojos.
            —Comienzo a dudar que se trate de un cometa —enunció Jesús; su esposa lo abrazó y le dio un beso en la cabeza clava. La diferencia de tamaños, ella mucho más alta que él, los hacía parecer madre e hijo—, cada minuto crece sensiblemente tanto en tamaño como en luminosidad. Posiblemente estemos viendo una supernova.
            Nadie respondió a esto. Genaro enfocaba su mente en el hecho de que sus suegros al parecer ya habían aceptado el inminente matrimonio. Cuando volviera la luz, ya en un tono más calmado, podrían determinar alegres detalles como la fecha, los posibles destinos de la luna de miel y demás diligencias. El ser dueño y esclavo de la mujer de su vida estaba por tornarse oficial. El regocijo de saber esto hinchó su pecho. Josefina también parecía haber perdido interés en el fenómeno celeste, e impaciente, tamborileaba con el pie sobre el pasto del jardín. El frío crecía en la apagada ciudad.
            —Deberíamos regresar a la mesa —dijo—, para terminar el postre.
            —¿Y perdernos un evento así? —replicó su marido— Sucede cada miles de años.
            Genaro se sorprendió cuando volvió a mirar hacia arriba. La luz había crecido al menos tres veces su tamaño, tan grande como jamás se ha visto una estrella. Contempló la corona de destellos azules que la rodeaba, perdiéndose por un momento en su danzar. Se dio cuenta entonces. El círculo de luz crecía rápidamente, en pocos segundos superó el tamaño de la luna llena y aún más. Con un golpe, el miedo se expandió por su cuerpo.
            —¡Julieta! —gritó.
            Ella y su madre habían regresado al comedor para servir flan en platitos. Ambas salieron con las porciones de postre en las manos. Un resplandor blanco azulado cubría la ciudad, aplanando las formas y deslavando los colores. Doña Bere se persignó. El círculo de luz era más grande que el sol y continuaba creciendo. Los resplandores azules de los bordes se veían como relámpagos y llamaradas incesantes. Julieta dejó caer los platos con flan, Genaro la abrazó con tanta fuerza que por un momento le hizo daño. La luz creció todavía más, tornando blancos el cielo y la tierra; blancas eran las facciones de Julieta, blanco el pasto del jardín y el muro que delimitaba la propiedad. Jesús gritó en un tono tan poco varonil que por un momento Genaro pensó que había sido su mujer. El resplandor se expandió por todo el firmamento, las llamaradas azules refulgían en el horizonte.
            Comenzó a temblar, sacudidas trepidantes que llenaron el aire blanco de gemidos y destrozos provenientes de la casa y las vecinas. Doña Bere perdió el equilibrio y cayó de una sentada sobre el pasto movedizo. La luz del cielo brilló tan fuerte como el sol del mediodía, encegueciendo a los cinco presentes. A tientas, Genaro buscó a Julieta, pero sus manos sólo tocaron el vacío. Había ido a guarecerse en los brazos de su madre; Jesús rodeaba a las dos. El temblor enfureció, permanecer de pie se hizo difícil. El fragor de edificios derrumbándose a lo lejos y el profundo gruñido de la tierra acompañaron un aumento tan brutal de la luminiscencia que penetraba debajo de los párpados. Genaro sintió el aliento de la muerte en su nuca. La explosión de unas tuberías de gas dos calles adelante casi le revienta los oídos.
            —Julieta, Julieta —gritó, pero ni él sabía si se escuchaba su voz.
            A gatas, ciego, la seguía buscando sin encontrarla. Un sonido agudo, al principio lejano y perdido detrás del estruendo del temblor y los sollozos de doña Bere, vino desde arriba. Parecía el silbido de una caldera tan grande como una montaña. Aumentó hasta que, sin previo aviso, dejó de estar ahí.
            El temblor y la luminiscencia se extinguieron al mismo tiempo.
            Al recuperar la vista, Genaro se enfrentó a un cielo lleno de estrellas. Sonidos de sirenas y el humo de incendios acompañaban la ciudad destruida. Doña Bere seguía llorando sobre el pasto. Las ventanas del comedor estaban rotas, pedazos del techo aparecían regados por el jardín; un pequeño árbol de durazno quedó inclinado, con algunas raíces de fuera. Sollozos y gritos llegaban desde todas direcciones.
            Genaro se puso de pie. Julieta yacía entre sus dos padres, que se incorporaban con gestos atrofiados por el miedo. Le ofreció la mano, que se quedó en el aire, ella se puso en pie por sí misma y tomó el brazo de su papá. La pareja se miró, Genaro no pudo reconocer a quien había elegido ser la compañera de sus días.
            Agobiado, como si el aire con su olor a humo no le bastaran para respirar, revolvió el cuello y miró el jardín destrozado, la desgarrada pared y el resplandor de los incendios a los lejos. Se preguntó si estaba muerto. Julieta seguía refugiada en los brazos de su padre.

19 marzo, 2013

La banca del jardín


Shabtai Zisel y Morgan McKinley caminan por una vereda de grava enmarcada por árboles y arbustos, el primero apoyando en un bastón de cedro y el segundo levemente jorobado. Resplandeciente, el otoño boreal cubre de flores la vegetación. El camino zigzaguea con la indolencia propia de las sendas destinadas al paseo reflexivo, ora dejando ver alguno de los edificios de la Universidad, ora mostrando la ciudad abajo en el valle. Tras un recodo se topan con un riachuelo que desciende bajo la vereda, rematada por una banca de hierro, de pintura descascarada, protegida por la sombra de un álamo. Los dos profesores deciden sentarse por un momento y contemplar las líneas obsesivas del trazado de la ciudad. El poblado valle se extiende por varios kilómetros hasta chocar con una cordillera de cerros achaparrados otrora repletos de árboles. Morgan busca su pipa en los bolsillos mientras Shabtai juguetea con la solapa de su abrigo de tweed.
            —Cuando nos toque partir esto seguirá ahí —refunfuña McKinley señalando la vasta ciudad—, cambiante pero siempre igual.
            —Lo único que no me aburre ver cambiar es la forma de vestir de las señoritas —responde Zisel con un brillo en los ojos—, hoy minifalda, mañana pantalones ajustados, siempre encontrarán la manera de verse bien.
            Morgan encuentra la pipa, la golpea con suavidad contra la banca, sopla por la cazoleta y la golpea nuevamente.
            —¿Cuántas mujeres tuviste? ¿Dos? ¿Seis? ¿Diez? —extrae una bolsa de tabaco picado y la desdobla con calma— Miles menos de las que nada más deseaste pero mencionabas sin parar.
            —Veintidós, tuve veintidós. Y mientras siga vivo la lista puede crecer.
            —¡Ja! —suelta McKinley— Perdiste demasiado tiempo pensando en ellas, persiguiéndolas y llorando. Si todo ese esfuerzo lo hubieras volcado en tu carrera tendrías el posdoctorado que te faltó para ser catedrático en el Tecnológico, y no seguirías en este lugar pulgoso, arrojándole margaritas a los cerdos.
            —Perlas, perlas a los cerdos es la variante oriental de ese dicho —contesta Shabtai mientras con el bastón escarba entre dos piedras cubiertas de musgo—, y si ese idiota posdoctorado hubiera llegado no estaría aquí para acompañar tu amarga decrepitud, así como acompañé tu amarga existencia desde hace más de cuarenta años.
            Morgan escupe al suelo mientras deja salir una bocanada de humo azulado.
            —Al menos yo no perdí mi tiempo —su sonrisa permite ver unos dientes manchados de nicotina—. Llegué a donde quise, y si no gané la medalla del Congreso fue por culpa de la vieja loca de Zárraga. ¡Es rectora porque todo lo hace con el recto!
            —Eres un anciano prosaico, si no la obtuviste fue por tu necedad antisocial y crónica falta de sensibilidad política —Zisel sonríe y con el bastón echa tierra encima del escupitajo de McKinley—. Pero eso no es lo importante, sino que tu obsesión por el trabajo te alejó de las mujeres, ¿hace cuanto tuviste la última, hace un siglo? Mírate: al final ni medalla, ni mujer, ni hijos, ni nada.
            —¿Y tú? Divorciado de la nipona, con hijos del otro lado del mundo y ningún reconocimiento académico válido más allá de los que te ha dado esta universidad apestosa.
            —Lisiados de por vida, uno por el trabajo, y otro por el desamor.
            —Lo sabía, siempre terminas hablando de Lorena —gorgoja Morgan con disgusto.
            —Lorena, el hoyo negro que se tragó mi pasado.
            —Por Cristo, eso fue hace más de treinta años. ¿Por qué no puedes dejarla ir?
            —El tiempo no importa cuando se trata del amor de tu vida —una antigua tristeza asoma en la mirada de Shabtai—. Al final ni margaritas ni perlas, ninguno de nosotros dos.
            Ambos suspiran al unísono. Un trío de pequeños pájaros de pecho rojo toman por asalto las ramas del álamo y se persiguen entre trinos. La pipa de McKinley, apagada, descansa en su regazo. Zisel juguetea con el bastón sin darse cuenta que ha desenterrado una pequeña roca bajo la cual descansaba un escorpión que se aleja con la cola enhiesta.
            Un bramido, primero casi imperceptible, se aproxima desde las alturas. Ni Shabtai ni Morgan lo advierten. Los profesores miran sin mirar el soleado valle donde yace la ciudad. El clamor crece, se agudiza y castañea en las profundidades de la tierra. Zisel es el primero en darse cuenta. Está por comentarlo con McKinley cuando el cielo súbitamente se torna rojo. Justo frente a ellos, lejos, tras las montañas, crece con claridad inaudita el hongo de una explosión atómica. Antecedida por un destello tan blanco como el sol del mediodía otra bomba estalla a la derecha, casi simultáneamente otro hongo se hincha en el centro de la ciudad entre relámpagos rojizos. Los amigos voltean a verse.
            —¿De qué hablarás, viejo camarada, ahora que sólo te quedan segundos de vida? —pregunta Shabtai Zisel con la misma calma con la que se dirigiría a su profesor asistente. Morgan McKinley contempla las explosiones crecer mientras juguetea con la pipa.
            —De mis tropiezos, de mis caídas. De mí. Del mayor error de mi vida motivado por una mujer quien sin duda ya me ha olvidado. Las mujeres sólo me desviaron del camino. No extraño a ninguna de ellas, ni siquiera a sus cuerpos; enderecé mi vida a pesar de ellas, porque nunca les importas. Y cuando llegué a la cumbre fue una de su género la que me impidió plantar mi bandera. La maldición se cerró como grillete.
            —¿Qué queda entonces?
            —El vigor, el esfuerzo, el haber vencido a quienes vencí, la fuerza de voluntad, la riqueza de mi propio camino, los aplausos, los amigos, la música y ese perro de mi niñez que como nadie me amó.
            —Nada entonces.
            —Nunca importó nada.
            Los hongos atómicos tocan las nubes mientras las ondas expansivas avanzan destrozando edificios como si fueran de papel, encaminándose directamente hacia la universidad. Ninguno de los dos amigos se inmuta. Morgan McKinley voltea a ver a Shabtai Zisel y le pregunta:
            —¿De qué te gustaría hablar, viejo amigo, si fueran estos los últimos instantes de tu vida?
            —De Lorena. De lo que pude conseguir. De la perfección que busqué, que arañé y se me escapó entre los dedos.
            —¿Qué queda al final?
            —La espuma de la primera ola del mar que toqué en mi vida, el calor de las sopa preparada por mi madre, cierta canción en un concierto rodeado de una multitud, el roce de los dedos de mi hijo en mi nariz, la noche en que supe que Lorena no volvería jamás, que ya no me amaría jamás.
            —No queda nada entonces.
            —Siempre fue nada.
            Ambos se encogen de hombros, se miran a los ojos y alcanza a sonreír antes de que la ola atómica los engulla. Otras explosiones se levantan alrededor de la ciudad que sucumbe entre alaridos de concreto ardiente y lágrimas de metal.




10 marzo, 2013

Sincronía


Autor: Michael Parkers

Ambos se abrazan al abrir los ojos y descubrirse en una cama pendular que oscila sobre el abismo donde moran sus fobias y deseos. Intuyen que si se lanzan al vacío, despertarán solos en sus respectivas recámaras y nunca volverán a encontrarse. Prometen que se buscarán cuando despierten y se arrojan juntos a las tinieblas en un beso que sintetiza todos los besos de sus vidas.

Cuando suena el despertador, olvidan esa promesa y continúan con sus vidas rutinarias. Ciertas noches intentan forzar otro encuentro, pero las farsas que montan sus subconscientes no se equiparan con aquella quimera compartida que era un solo sueño.

Años más tarde, tienen un encuentro fortuito en los andenes del tren subterráneo. No se hablan ni se abrazan, únicamente se estudian el uno al otro, como el inspector de trenes que supervisa las cabinas.

El metro llega a la estación, ella sube y él se queda en el andén. Mientras el tren se aleja, la promesa que olvidaron emerge como un témpano a la superficie de sus mentes.

En dos ciudades lejanas, ella y él abren los ojos al unísono; suben a las azoteas de sus respectivas casas. La noche es mentolada y materna. Ella se sienta en la cornisa del edificio dejando que sus piernas cuelguen sobre la avenida. Él se recuesta boca arriba en el tejado y descubre que siempre ha vivido de cabeza.

Los dos saltan al vacío, y por breves segundos, sienten que están suspendidos en el aire.

03 marzo, 2013

Sábado de libros en la Feria de Minería




Nada como hablar de libros después de una laaaaaaaaarga temporada de no posts. Sí, ya sé que este blog parece lote baldío por la ausencia y descuido de sus administradores, pero, ah, como chillamos cuando nadie nos lee.

En fin, hoy me anduve paseando con canasta y con rebozo de bolita en la XXXIV Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería en su antepenúltimo día, se acaba el lunes, así que córrale con el perico, la novia y la abuelita si es que todavía no ha ido y aproveche la orgía de consumo cultural desenfrenado (eso sí, más chido que el consumo a secas, ése no aporta un carajo). Aquí está la crónica.

La fila de tres cuadras, la ingrata
Cuánta razón tenía Chava Flores cuando escribió la letra de “Sábado Distrito Federal” y decía que atravesar el centro era un desmoche, y es que para comprar el boleto de la feria había que darle la vuelta a la cuadra hasta el Eje Central. Aunque da gusto ver a gente de todas las categorías texonómicas formadita como si fuera a entrar al antro más mamón de la ciudad: mamis con carriolas, viejitas malhumoradas, pubertos enviados por su maestro de literatura para subir un punto y alcanzar el seis, universitarios de todas las escuelas y disciplinas, pobresores con los bolsillos rotos pero con buen ojo para las ofertas, escritores con ínfulas de rock stars caminando en Beverly Hills, poetas desahuciados por las industrias culturales y que una vez al año consiguen organizar la presentación de su veintiúnico libro, et ál.

Ahí me encontré (o me encontró, ya ni sé) al buen @KaISeR1939, quien hubiera sido el ganador del #misterstrangechallenge, de no ser porque se lo comió la marabunta humana que subía y bajaba cual si fueran a llevarse libros a una isla desierta y sin electricidad.
Preferí no detenerme a checar las novedades en el stand de Santillana; todavía tengo algunos libros que compré el año pasado en su barata de diciembre (estoy un poco empachado de Alfaguara, la mera verdad).

En el stand de Cuba, tenían una buena colección de libros revolucionarios, compañero, pero sobre todo de literatura, música y humanidades. Si van hoy y le rascan bien (y les late la magia negra, la mitología y esas ondas darkimalas) pueden llevarse un manual del Palo Monte para que practiquen sus propios rituales de santería en casa, o mejor aún, un libro sobre los mitos Orishas, con ilustraciones enfermizas y delirantes, como las que le gustan a su amiga la metalera.

En los pasillos del mal
Su usted padece enoclofobia o lleva seis años sin salir de su casa, mejor ni vaya, porque va a terminar tirado en el suelo en posición fetal. No, para ir a la Feria del Libro del Palacio de Minería hay que transformarse en un pez más del cardumen y fluir, fluir.

En una de esas fluctuaciones, salí despedido hasta el pasillo donde se encuentra ALBA, una editorial española chiquita, cara y con algunas golosinas interesantes en su catálogo, como esa joya intitulada La chica de la nariz torcida. Muerte y obsesión en la vida de un escultor forense, de Ted Botha, un escultor que se dedica a la reconstrucción de rostros a partir de osamentas. No lo compré nomás porque me dio codo.

Sin embargo, el fuerte de ALBA es su colección de artes escénicas y de guías del escritor que con palitos y bolitas le explican a uno cómo ser un triunfador en este perro mundo de selacimorfos, rémoras, sardinas y plancton que es la literatura.

Después de analizar si me llevaría Salva al gato de Blake Snyder, Marketing para escritores de Neus Arqués o Tim Burton por Tim Burton con prólogo de Juanito Profundo, opté por un texto escrito por Robert McKee sobre el guión cinematográfico (sí, con acento ¿y qué?, toma eso RAE). De una vez aproveché para comprar un libro que estaba volando en mi cabeza desde la última vez que visité una librería: Las canciones de Bilitis de Pierre Louÿs, un genio de la cochinada carnal.

Salí de ahí media hora después de lo previsto, pues como los lectores de tarjetas bancarias andaban fallando, pagar se convirtió en un acto de contrición (y eso que los bancos roban tanto, que con ese dinero ya podríamos estar haciendo transferencias electrónicas telepáticas). 

Atalanta tiene un montón de joyitas en su cofrecito, pero no le bajan nada. Un libro de 700 pesos, si bien te va, te lo dejan en 680. Y con todo y Ley de Precio Único. No obsta que algunos ejemplares valgan cada centavo, como Cuentos de lo extraño de Robert Aickman,  La noche de Francisco Tario o Paprika de Yasutaka Tsutsui.

En esa misma zona, y si todavía les queda varo, están algunas exquisiteces sibaritas de Siruela (que como ustedes saben tiene todo Italo Calvino), como El libro rojo de Jung de Bernardo Nante (nada más que cuesta mil varos) o Las palmeras salvajes de William Faulkner.

En la mesa de la Colección Argumentos de Anagrama encontré Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos, un librito de Élisabeth Roudinesco, que de acuerdo con la cuarta de forros es un ensayo sobre la perversidad (genius) desde la Edad Media (no, no es la etapa por lo que están atravesando sus papás), pasando por el Marqués de Sade, hasta los modernos pedófilos y terroristas. Bien fino.


Me podría pasar las horas hablando de todos los libros de Roberto Bolaño, Irvine Welsh, Paul Auster o Charles Bukowski que tiene esta editorial en su colección de literatura, pero considerando que los podemos encontrar en Gandhi todo el año y que sólo impresionan a los neófitos o a las abuelitas, y eso sólo si el título del libro está muy heavy, haré una elipsis hasta el stand de sextopiso.

Qué buenas ediciones tiene sextopiso (venga la lana por el comercial), sobre todo porque le ha sabido sacar raja a sus colecciones. Vea usted una muestra de los libros ilustrados que tiene en existencia si no me cree: Jis y Trino al alimón con Asuntos moneros 1 y 2, Jis solito con Sepa la bola, Macanudo de Liniers, El coloquio de los pájaros de Farid Udín Attar ilustrado por Peter Sís (ganador del premio Hans Christian Anderson de literatura infantil) y la versión de Alicia en el País de las Maravillas de Peter Kuper, una verdadera chingonería.







Me hubiera gustado llevarme alguno de los anteriores, pero cuando vi El rival de Prometeo. Vidas de autómatas ilustres, dije “de aquí soy”. Oh sí, hay libros que te cautivan al primer madrazo. Este volumen editado por Sonia Bueno Gómez-Tejedor (y que ni siquiera es de sextopiso) contiene una colección de relatos y ensayos sobre el autómata como personaje literario escritos por pesos pesados como René Descartes, Walter Benjamin, Edgar Allan Poe, Ambroce Bierce, E. T. A. Hoffmann, Sigmund Freud e Isaac Asimov, ahí nomás para que se den un quemón. No es barato, así que si lo quieren comprar, no piensen en esas cosas terrenales como comer o llegar a fin de mes.


La parte de arriba
Si usted es bueno para escoger jitomates en el mercado, entonces tiene que irse con mucho cuidado cuando se trepe al segundo piso del Palacio de Minería. Aquí hay muchas editoriales chiquitas e instituciones y universidades que sacan sus mejores trapitos a relucir, así que hay que estar atentos. Una buena estrategia para que no lo estén chingando ni le digan a cada rato “¿ya nos vamos?, ¿ya nos vamos?”, es empezar por aquí y dejar a los gigantes de la industria editorial hasta el final, total, Harry Potter y Crepúsculo se pueden bajar de Internet.

En el stand de la Universidad Iberoamericana, me encontré con esta ganga: Monstruos y prodigios. El universo simbólico desde el Medievo a la edad moderna de María del Rosario Farga Mullor. 169 pesitos ya con descuento. Córrale y alcanza a llevarse uno.



La Universidad Autónoma Metropolitana tiene libritos muy especializados, pero muy poca literatura; lo que es seguro es que se encuentren uno que les guste: Mauricio Molina, René Avilés, Rosalía Winocour y así. Algo que me sorprendió es que la UAM no haya reeditado su revista de culto Topodrilo, ¿qué pachó?, están dejando pasar la oportunidad de revivir una publicación neurálgica para entender la sociología de la posmodernidad.

Dos consejos por si piensa ir este domingo o el lunes: chicas, olviden los tacones, no van a entrar al martirologio sólo por subir y bajar escaleras con esos instrumentos de tortura. Tampoco se les ocurra comprar un chánwich o una crepa en la cafetería, a menos que quieran pagarlo como si estuvieran en Central Park.

Recta final
Llegado a este punto, ya estás mentando madres por el hambre, se te queman las habas por quitarle la cubierta de celofán a tus nuevas adquisiciones y seguramente ya pasaste tres veces por el mismo stand, aunque en cada vuelta hayas hojeado diferentes libros.

La visita a los últimos stands depende mucho de la persona y de la situación en la que se encuentre. Algunos aprovechan para ir al baño, excepto las mujeres, quienes se pasaron tres cuartas partes del paseo cultural en la fila para entrar al sanitario. Otros, ven donde pueden sentarse para estirar los pies y si se ven vivos agarran alguna presentación de esas chiquitas en donde más de la mitad del público son amigos y familiares del autor.

Yo aproveché para regresar a algunos lugares en donde vi libros que me hubiera gustado echarles el ojo con más detenimiento. En mi caso, este libro fue Monstruos mexicanos tomos I y II, de Carmen Leñero (por cierto, yo escribí unos libros semejantes hace un par de años sobre seres fantásticos y mitológicos). La edición está chula de bonita y es un regalazo si usted tiene sobrinos clavados en la onda zombi o amigos que se quedaron en el viaje cuando comieron peyote y ahora estudian en la ENAH.


Antes de salir al mundo real, es casi seguro que se les pegue un libro del Fondo de Cultura Económica, no sólo porque el acervo del fondo está increíble y abarca todos los campos del conocimiento humano, sino porque siempre hay una edición de bolsillo que te echa ojitos y te dice “llévame contigo”. Y de su colección La ciencia para todos, ni hablar, son libritos buenos, bonitos y baratos que te dejan pensando un buen rato después de leerlos.

A mí se me pegaron dos: Cuentos reunidos de Amparo Dávila, una autora infravalorada de cuentos alucinantes, y Piratas y corsarios de Martín Luis Guzmán, un librito que compré porque un día de estos voy a escribir una novela de piratas (nada más que termine mis 20 mil pendientes que tengo en la congeladora) y simplemente me pareció que no debía prescindir de él.



En Tusquets también hay mercancía sabrosa. Quitando las pinchemil novelas que tienen del sobrevaluado Haruki Murakami y una que otra manzana rancia, tienen un montón de literatura clásica del siglo XX y de narradores contemporáneos que si usted no conoce, puede sacarse la espinita comprando alguna de sus novelas más conocidas (ahí están, por ejemplo, La insoportable levedad del ser de Milán Kundera y Las brujas de Salem de Arthur Miller). También tienen al Santos contra la Tetona Mendoza, por si usted vio la película y quiere regresar a los orígenes. 

Un ritual que se me pasó realizar este año (no sé si por la hora o porque hacía un frío bien cabrón), es ir con los libreros que se ponen afuera. Si ya vas muy gastado, lo ideal es terminar  el viaje aquí, porque por el precio de uno nuevo, te puedes llevar tres. De cualquier manera, si tiene deudas de juego y anda más bruja que la señora que acaban de ingresar a Santa Martha, todavía puede encontrar algo en el remate de libros que se llevará a cabo en el Auditorio Nacional del 25 al 31 de marzo. Y recuerde: todo cabe en un cerebro, sabiéndolo acomodar.