Mostrando entradas con la etiqueta Narcotráfico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Narcotráfico. Mostrar todas las entradas

04 julio, 2012

Balance desde el trapecio (PRIMERA PARTE)



Hoy que el comunismo (como ya en 1848, cuando fue publicado el famoso manifiesto de Marx y Engels) es predicado por la escuela autoritaria del socialismo, sin tener para nada en cuenta la natural igualdad sometiendo por la fuerza a los hombres y confiando la acción coercitiva a un gobierno dictatorial, es conveniente subrayar que los anarquistas no tienen nada en común con tal comunismo.
Luigi Fabbri, epígrafe dedicado a mis excompañeros del CGH

En estos días, he visto por la calle a las personas más introspectivas y cabizbajas. Creo que cada quien está haciendo su propio balance desde sus propias realidades. Esta es la mía, no pretendo adoctrinar a nadie ni erigirme como el profeta mamón de la caverna (profetas ya hay muchos y son nefastos). Desde lo alto del trapecio caminamos todos, algunos con más pelotas que malabarear que otros.

Un poco de contexto
Antes de conocer el anarquismo (que plantea librarte de todo dogma) era un comunista de segunda generación. Los arrullos que me cantaba mi madre eran canciones interpretadas por Violeta Parra o Amparo Ochoa (como esa del negrito que está durmiendo y llega el diablo blanco y le come la patita). Cuando era un púber, había un librero en mi cabecera donde dormitaban las obras completas de Lenin, Marx y otros barbudos. Infancia es destino.
Años más tarde, participé en la huelga de la UNAM (1999-2000), pocos meses, lo admito, pero los suficientes para entender la dinámica de un movimiento estudiantil con todos sus vicios y virtudes. Pernocté varias noches afuera del Reclusorio Norte y del Consejo Tutelar para Menores, hasta que salieron la mayoría de los huelguistas presos. Era el sexenio de Ernesto Zedillo, el último presidente priista. 12 años después, los jurásicos regresarán al poder.

Perdimos todos, menos el PRI
Es difícil para mí sentir empatía con aquellos que confiaron en lo que la partidocracia vende: falsas ilusiones, y ahora se sienten defraudados por una operación inmoral de compra de votos, pero legal según las leyes supremas que confeccionaron ellos mismos, incluso los puritanos que ahora quieren limpiarla. En esta elección, el único ganador fue el PRI. La gente que vendió su voto por una tarjeta de Soriana, ignora que lo pagará con IVA.  Los periodistas refor y demócratas que se hacen de la vista gorda también pierden porque junto con la partidocracia y los ciudadanos que se dejaron comprar, tendrán que asumir el costo de solapar la abyección del ya de por sí abyecto sistema político. Lo que ellos no ven, es que la cultura de la corrupción también le sirve al narco, que el crimen organizado se nutre de corromper policías y que si para ellos eso es la “normalidad democrática”, no vengan después a gritar histéricos que hay que cerrar filas en la lucha contra la delincuencia, porque para ellos la corrupción es normal.
Pierde también el electorado que se dejó corromper y vendió su voto por una despensa amarilla, azul o tricolor (aunque hay que admitirlo, los del PRI son sus maestros, por eso supieron arrebatarles la presidencia con el truco más viejo). En este mundo no hay inmaculados, y si los hay, no están en la política partidista.

Nuestros hermanos menores
En medio del advenimiento de la República del Teletón, está la ternura de los estudiantes del #YoSoy132. He visto en estas semanas truculentas cómo han sido atacados por grupos de izquierda, de derecha, de centro, supuestos librepensadores, maoístas, tecnócratas, periodistas rabiosos, policías, porros del PRI, grupúsculos de activistas cuarentones que se sienten con autoridad moral para convocar a una huelga nacional, cuando no pueden ni combatir al charro de su sindicato. Y ahí siguen. Son la ternura beligerante. Ellos saben con qué recursos cuentan y hasta dónde pueden llegar. Por eso no es raro que atraiga a los grupos advenedizos de siempre, que ven una revolución en cada coyuntura, pero que no son capaces de construir nada (salvo honrosas excepciones).
Si mantienen la unidad, dentro de su propia dinámica pueden crear propuestas autogestivas, como ya lo han venido haciendo con las células informativas de su grupo de medios. Incluso, (aunque estoy en contra del reformismo que no resuelve nada y sólo coloca parches en las leyes para que todo siga igual), los estudiantes  podrían empujar un pliego petitorio y presionar al poder para cumplirlo al pie de la letra. Son ideas que se me ocurren al aire ni son las mejores ni son definitivas.
A #YoSoy132 les advierto: cuídense de los irresponsables, carguen la bandera que carguen, desconfíen de los mayores de 30 que sólo busquen empujarlos a las vallas de la policía, del marxismo-leninismo de vena autoritaria, de los que les vendan revoluciones fáciles o uniones obrero-campesinas sin sustento (recuerden que el PRI tiene a la CTM y Antorcha Campesina, y el PRI no es el Partido Comunista). Sean críticos con todo y con todos, porque esa es la verdadera libertad de pensamiento.

19 abril, 2011

Heriberto Yépez: qué chula mi ligereza intelectual


“Seguir siendo humano en estas condiciones es inhumano”.

Horst Matthai Quelle

Se suponía que en esta entrada subiría una serie de minificciones que acabo de escribir, pero me topé en el camino con la columna sabatina de Heriberto Yépez, publicada en Milenio Diario, (la cual, pueden leer AQUÍ). En principio quedé un tanto decepcionado, ya que no creí que un personaje tan docto como el señor Heriberto, poeta, filósofo y ensayista; tuviera tal pobreza argumentativa, ya no digamos poco documentada. Después analicé un poco más a fondo, e incluso percibí cierta prosa golpista.

Aproveché que Carlos Marín había escrito en su columna de ayer lunes sobre el asunto para verter mis opiniones y contrapropuestas, y resulta que mi comentario fue censurado sin más, por esos paladines que se llenan la boca de libertad de expresión. ¿Por qué en mi país no se pueden hablar de estos temas sin hacer a un lado ese maniqueísmo perverso que sitúa a los críticos de la estrategia gubernamental de combate al narcotráfico en el margen del renglón, casi casi peleando hombro con hombro con la delincuencia organizada?

Veamos lo que dice el primer párrafo: “Tras el asesinato del poeta Javier Sicilia se ha intensificado la oposición de intelectuales a la ‘guerra contra el narco’. Los intelectuales mexicanos básicamente piden que pare la guerra y se legalicen drogas”. ¿A qué intelectuales se está refiriendo Yépez?, no hay nombres ni apellidos (y eso me extraña viniendo de Milenio Diario, un medio que casi todo el tiempo exige profesionalismo y cifras, cabrones, cifras).

Qué chingón hubiera sido toparme con una disertación filosófica-sociológica sobre el problema del narcotráfico. En lugar de ello, encontré fanfarronería dolosa: tal parece que incubar el odio se ha convertido en un deporte nacional. Haciendo a un lado el análisis, Yépez, impulsado por la línea editorial de su periódico, llega al paroxismo de pasarle la factura de las muertes del narcotráfico a los adictos: "Vamos al grano: el consumidor de droga mexicano, junto con el gringo, es el patrocinador directo de todos esos asesinatos".

Partiendo de esta tesis se podrían repartir las culpas de la siguiente manera: son culpables las chicas que son enganchadas en las redes de prostitución con drogas adictivas; son culpables los niños de la calle que inhalan chemo y cuya realidad es más infernal que la de cualquier intelectual (incluyendo a Yépez); son culpables los drogadictos que venden hasta los tenis por obtener un poco de cocaína; son culpables los heroinómanos que mueren de sida o de un pasón en los callejones más mal pedo de la ciudad. Todos ellos son culpables porque no pueden controlar su síndrome de abstinencia y siguen arriesgando la vida buscando un dealer en colonias de mala muerte.

He tenido amigos que han logrado salir del círculo vicioso de la adicción, pero pocos logran hacerlo. Si Yépez tuviera un poco de sensibilidad pediría perdón a todos esos enfermos por haberles dicho asesinos y de paso a Javier Sicilia (por burlarse así de la muerte de su hijo).

Yépez también reclama a los intelectuales no haber protestado contra la narcoviolencia que ya existía antes de Calderón (tampoco dice nombres, yo pienso que para no enojarse con sus amigos). En ese sentido yo podría reclamarle por no haber protestado por tantas y tantas muertes, desapariciones y violaciones que están hoy en los registros de las organizaciones defensoras de los derechos humanos, muchas de ellas, relacionadas directamente con autoridades de todos los niveles. ¿Por qué no protestó él cuando en Atenco policías violaron mujeres y mataron a un estudiante y a un niño? ¿Por qué no le reclama a José Agustín, Parménides García Saldaña, Roberto Bolaño, Arturo Pérez Reverte y Élmer Mendoza por fomentar esa narcocultura a través de sus obras?

En este punto quisiera hacerle una propuesta todavía más radical que prohibir los narco-corridos y renunciar al consumo (es más, yo propongo renunciar al consumismo en general, ya que él no quiere entrar en particularidades): mientras siga habiendo muertes en el contexto de la guerra contra el narcotráfico, no sólo dejemos de enaltecer el consumo de drogas en novelas, cuentos, obras de teatro, etcétera; sino que hagamos quemas masivas de ejemplares de Los detectives salvajes, De perfil, Se está haciendo tarde y toda aquella literatura que nos remita a esos drogadictos asesinos y causante de tantas muertes a los que él se refiere. Ya entrados en gastos también podríamos incinerar Diablo guardián de Xavier Velasco por fomentar la trata y el comercio sexual.

Yo la verdad tampoco le creo al señor Yépez cuando dice: “Es frecuente que la intelectualidad nacional pida la legalización. Yo también estoy a favor de ella, pero más a favor de que mientras la droga sea traficada por personas sin escrúpulos —narcos o policías, militares, funcionarios corruptos— seamos radicales: renunciemos al narco-consumo”. Dudo que el orgullo literario de Tijuana esté a favor de la legalización, dado que desconoce que uno de los principales argumentos de sus promotores es que ese dinero que se invierte en maquinaria de guerra se invertiría en campañas de prevención para evitar el consumo en niños y jóvenes, además de que también se legalizaría el autoconsumo, con lo cual prácticamente se acabaría con la dependencia a los cárteles de la droga. Pero que no se malentienda: la legalización no es la solución al problema del narcotráfico y tampoco acabaría con la violencia. Para ello se requiere de una solución integral, una que destruya los tres principales pilares de los que se nutre la delincuencia organizada: la ignorancia, la pobreza y la corrupción. Una que reconstruya el tejido social barrio por barrio, que le ponga un alto a esa cultura del consumismo y la frivolidad que nos transmite la televisión y su parrilla de programas chatarra, solapados a su vez por la cultura hegemónica. Que les dé una esperanza de vida a esos adolescentes que son orillados a formar parte de los ejércitos de la delincuencia organizada por desesperación y falta de oportunidades. Al menos mi ¡Ya Basta!, va en ese sentido. Seamos radicales: renunciemos a la estupidez.