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10 marzo, 2013

Sincronía


Autor: Michael Parkers

Ambos se abrazan al abrir los ojos y descubrirse en una cama pendular que oscila sobre el abismo donde moran sus fobias y deseos. Intuyen que si se lanzan al vacío, despertarán solos en sus respectivas recámaras y nunca volverán a encontrarse. Prometen que se buscarán cuando despierten y se arrojan juntos a las tinieblas en un beso que sintetiza todos los besos de sus vidas.

Cuando suena el despertador, olvidan esa promesa y continúan con sus vidas rutinarias. Ciertas noches intentan forzar otro encuentro, pero las farsas que montan sus subconscientes no se equiparan con aquella quimera compartida que era un solo sueño.

Años más tarde, tienen un encuentro fortuito en los andenes del tren subterráneo. No se hablan ni se abrazan, únicamente se estudian el uno al otro, como el inspector de trenes que supervisa las cabinas.

El metro llega a la estación, ella sube y él se queda en el andén. Mientras el tren se aleja, la promesa que olvidaron emerge como un témpano a la superficie de sus mentes.

En dos ciudades lejanas, ella y él abren los ojos al unísono; suben a las azoteas de sus respectivas casas. La noche es mentolada y materna. Ella se sienta en la cornisa del edificio dejando que sus piernas cuelguen sobre la avenida. Él se recuesta boca arriba en el tejado y descubre que siempre ha vivido de cabeza.

Los dos saltan al vacío, y por breves segundos, sienten que están suspendidos en el aire.

16 julio, 2012

Máscaras



Abro los ojos. Aún es de noche. Estoy acostado frente a un bosque de máscaras, me acerco. Los rostros de la tragedia y la comedia se encienden como calabazas en Noche de Brujas. Me pongo de pie, las máscaras me apuntan con sus cuencas llameantes.

                Otros durmientes se sacuden el polvo y se acercan. La entrada del bosque exhala dos bocanadas de negrura.

                Avanzamos en fila india y nos internamos en la arboleda. Un sonoro gruñido de tripas se escucha como el aullido de un lobo. Noto demasiado tarde que me rodea una muchedumbre de sonámbulos. Los árboles se cierran como dientes, nuestros rostros son hogazas de pan que se desmoronan; hasta que la máscara se desprende de la máscara.

20 noviembre, 2011

El tragafuegos



Cuando mi padre llega al pueblo, las casas se oscurecen a su paso. Las llamas de las farolas y de los quinqués saltan al suelo y lo siguen a corta distancia.

Al llegar al puente se quedan sentadas a su lado mientras él le da tragos a su licorera llena de coñac y se pone a ver el acantilado hasta que otra caravana circense lo recoge. Entonces las llamas se quedan en el puente y se van apagando una por una. Tengo la costumbre de mirarlas por la ventana y pedir los deseos que no se me cumplen cuando soplo las velas de mi tarta de cumpleaños.


09 octubre, 2011

Feedback



Un millón de teléfonos suenan al mismo tiempo en una ciudad vacía. El personaje corre de un teléfono a otro, pero nadie le contesta. Como si fuera un efecto dominó, zigzaguea entre las cabinas telefónicas, sube las escaleras de los rascacielos, recibe las llamadas de todas las oficinas, recoge los celulares que encuentra acomodados sobre las ropas y pertenencias de los habitantes perdidos.

Al doblar una esquina, encuentra una sucursal de la compañía distribuidora de fibra óptica. Levanta el teléfono de la recepción. Le contesta su propia voz.

—Escucha muy bien lo que voy a decirte: hagas lo que hagas, no contestes el teléfono, eso querrá decir que morirás dentro de la pesadilla y no habrá manera de salvarte.

El personaje cuelga el auricular. Un millón de bestias se desperezan al mismo tiempo.

14 agosto, 2011

Monstruos bajo la cama


Cuando era pequeño tenía algunas manías que con el tiempo he ido superando. Por ejemplo, dejaba terrones de azúcar debajo de la cama para mantener contentos a los monstruos que vivían ahí. Mis padres me regañaban porque se hacían cucarachas y hormigas. Pero a mí no me importaba, los monstruos son algo serio y no hay que tomarlos a la ligera.

Un día descubrí que los terrones de azúcar ya no eran suficientes para ellos, en mi almohada llegué a encontrar notas donde garabateaban pliegos petitorios bastante peculiares: querían carne molida, chocolatinas, malvaviscos, pollos muertos y todas esas cosas que están incluidas en la dieta teratológica.

Tuve que ingeniármelas para cumplir sus caprichos: un bistec del refrigerador, unas lonchas de jamón de mi sándwich, algunos dulces de la tienda. Yo no sabía en ese entonces que los monstruos son insaciables, hasta que encontré un ultimátum pintarrajeado en las paredes de mi cuarto con amenazas e improperios.

Fueron semanas enteras de no dormir en mi alcoba. Amanecía acostado en el sofá viendo el canal del pronóstico del clima; debajo de mi cama, se acumulaba la comida podrida.

Todo acabó cuando la mucama hizo el quehacer del cuarto y encontró no uno, sino cuatro monstruos muertos. No eran tan grandes como yo pensaba ni tan temibles. Se habían comido los pastelillos envenenados que les dejé una noche. Los enterramos en el centro del jardín junto a nuestras mascotas. Pobres, no quise lastimarlos. Principalmente porque no soy enemigo de los niños: esos abominables seres que están por todos lados.

17 julio, 2011

Migraña



Un globo aerostático supera los límites de la estratosfera, sobrevuela la Luna, sortea el campo gravitacional de Marte, da un largo rodeo para evitar las tormentas electromagnéticas de Júpiter.

En un momento de la travesía una de sus cuerdas se atora en los anillos de Saturno y queda varado hasta que un viento solar lo desenreda amablemente.

Urano y Neptuno aparecen en el itinerario sin pena ni gloria. El globo zigzaguea entre asteroides y cefeidas y se aproxima a los confines de la galaxia. Poc, el globo choca con un domo de estrellas pintadas con aerosol plateado.

El astrofísico se aprieta la cabeza con ambas manos y siente otra vez la misma punzada justo en el centro del cráneo. Su esposa se acerca al botiquín arrastrando las chancletas para desempaquetar un par de relucientes agujas de acupuntura.

10 julio, 2011

Reformatear


Veo llover rectángulos, cilindros, cubos, líneas paralelas y curvas, polígonos, variables y constantes, icosaedros, planos cartesianos, diagramas de flujo, círculos, raíces cuadradas, números imaginarios, paralelogramos, decimales y fracciones; binomios, trinomios y polinomios; vectores, integrales y logaritmos; espesas nieblas de alfabetos griegos.

Cuando el último punto decimal rebota en el asfalto, el estudiante cierra el tratado de álgebra. Repasa con el pulgar las hojas blancas, le saca punta a su lápiz y escribe con números imposibles el instructivo de un nuevo universo.

La imagen pertenece a David Ho.

14 junio, 2011

Lineal


La hilera de corbatas a cuadros alineadas en el armario. Los cables de alta tensión: paralelogramos que carga un ejército de sísifos alargados. Las líneas de tu mano: vectores primigenios de una vida retocada en Photoshop.
Los trazos tangenciales con los que la noche boceta una ciudad en alto contraste. Las costuras de los empleados: carreteras nuevas para las hormigas, peregrinas perdidas en la hendidura de la banqueta.
Los renglones vacíos como estacionamientos ruinosos, excepto por un guión largo (—), cual si fuera el horizonte de ese hombre que pasa revista a sus corbatas, preparándose para ser el punto de fuga de un futuro geométrico, desde donde un anciano suelta la cuerda de su papalote.


22 mayo, 2011

Epidemia y Colorín, colorado



Epidemia

La piel del anciano se confunde entre los pliegues de las sábanas arrugadas. Es del mismo color y de la misma textura. El médico le toma el pulso, le coloca el auricular del estetoscopio debajo de la camisa, escucha sus débiles tup-tups y le aplica una inyección en el brazo. Una larga fila de personas espera su turno, algunos más enfermos que otros. Los más graves son solo un amasijo de esparadrapos sucios y desahuciados.


Colorín, colorado

Bajamos al sótano con un candelero en la mano. Entre todos cargamos una estaca de plata. Podemos escuchar un corazón latiendo en la obscuridad. Es enorme y pulposo como el de un tiranosaurio.

Lo iluminamos con la llama trepidante de la vela. Las manos nos sudan; la adrenalina aceita nuestros músculos. Contamos hasta tres en voz baja y asediamos con el ariete el tejido cardiaco.

El ogro siente un punzón en el pecho y se derrumba vomitando esputos sanguinolentos. El libro de cuentos de hadas cae con las tapas boca arriba. Uno de los ogritos acerca su oreja a los lomos del libro. Puede escuchar el ritmo acelerado de un corazón más pequeño idéntico al suyo. Contamos hasta tres.

La primera imagen es de Zdzisław Beksiński, la segunda de Todd Schorr.