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14 julio, 2016

Prótesis - ficción - apropiación



“Leer y escribir es muy dañoso, como el diablo”, dijo a mediados del siglo XVI un español que vino con la tradición OHL de chuparle las venas a la tierra y a los habitantes de lo que llamaban Nuevo Mundo. Inicio con esta cita porque tal vez el señor tenía razón.
Soy escritor. En mi caso, la triada a la que fui invitado me remite en primera instancia a la ciencia ficción. Cyborgs, fusión humano-máquina, sueños metálicos de un mundo preapocalíptico que se ha alejado más allá del límite de Chandrasekhar[1] de eso que nombramos “naturaleza”. Sin embargo no quiero aproximarme a estas tres palabras así, por más seductor y natural que parezca. Más ingenuo y ambicioso, intentaré explicar por qué (para mí) la apropiación que hemos hecho del mundo es una ficción que vemos a través de la prótesis que significa el lenguaje. Y por ende, el pensamiento, principalmente su versión occidental. Tema demasiado amplio y complejo para este breve tiempo, mas la modorra de después de la comida, así que voy directo a la médula y seré breve.
En primer lugar, el lenguaje; es decir: la palabra. "Ser humano" y "palabra" podrían ser sinónimos. El tamaño y la refinación del cerebro del homo sapiens sapiens se debe a la cada vez más compleja manera en que nuestros ancestros primates aprendían a comunicarse y registrar información. Formamos el lenguaje y el lenguaje nos formó. Y después nosotros, ese dúo código-conciencia, nos apropiamos del mundo. Quitando detalles como virus, terremotos o la muerte, a nadie en esta sala le queda duda de que el mundo pertenece al ser humano.
Ensoberbecidos por el poder que esto confiere, nos apropiamos de cada aspecto de la realidad. Sabemos cada vez más. A la vez, preferimos ignorar que entre más abstracto se vuelve nuestro código sígnico, más nos alejamos de la realidad. Por realidad me refiero al universo en todas sus escalas. Sabemos que formamos parte de él aunque nunca nos dejó instrucciones para entenderlo o el por qué de nuestra existencia.
Volvamos. ¿En verdad el lenguaje nos aleja de lo real? Borges en Funes el memorioso, modesto adolescente que tras un accidente adquirió la capacidad de recordar de forma milimétrica cada vivencia, lo explica así: "[Funes] No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)".
Las palabras son únicamente descifrables para quien conozca el código de tal idioma de tal época, es decir, son acuerdos sociales para definir un concepto, no la cosa en sí. Sé que es una perogrullada, sin embargo en lo cotidiano se esconden dios y el diablo: estamos tan acostumbrados a la convención del lenguaje que hemos llegado a confundir la palabra con la cosa en sí, el mapa con el territorio. Los perros de Funes son infinitos, y una sola palabra para describirlos le resulta grosero, falto de toda lógica y elegancia. Obviamente, la comunicación sería imposible si le diéramos un nombre único a cada cosa en cada estado, así que lo único que nos queda es la abstracción. Abstraer es una de las habilidades más sobresalientes del ser humano, y a la vez una maldición que nos gobierna.
En el momento en que abstraemos a todos los perros en una sola palabra nos alejamos de la realidad. Por extensión, cuando abstraemos, por ejemplo, el sentimiento de amor hacia otra persona en un cúmulo de palabras, nos alejamos de lo que realmente sentimos. Es obvio, podrán decir, y un costo menor comparado con la capacidad de profundizar el conocimiento y transformar el mundo que nos otorga la abstracción. ¿Cómo habríamos llegado al cálculo diferencial, la poesía, los barcos o la bolsa de valores sin este maravilloso poder? Estoy de acuerdo, sin embargo estos triunfos nos distraen de la verdad que enuncié unas líneas arriba: las palabras son signos que hacen referencia a la cosa, no la cosa en sí. ¿Y qué tiene eso de malo?, podrían preguntar con justa razón. A eso voy.
En el momento en que ponemos al lenguaje, los signos, entre y nosotros y la realidad, colocamos un filtro, un colchón, una fisura entre los humanos y el universo. En vez de mirar el universo, miramos los signos. Y claro, podemos manipular los signos tanto como queramos. El asunto no para ahí. Somos dramaturgos de nosotros mismos, y narradores-detectives del resto de lo que nos rodea. Pero al universo en sí apenas y le hacemos una marca que rápidamente desaparecerá. Como nos gusta pensar que somos lo Más Cabrón Que Ha Existido evitamos fijarnos en esta minucia mientras pregonamos el poder cuasidivino que nos fue entregado cuasidivinamente. La arrogancia es otra de las características sobresalientes del homo sapiens, pero a eso volveré más tarde. Los signos, como decía, no sirven únicamente para comunicarse y almacenar información, sino como campo de juego para la mente y los talentos. Es delicioso navegar los signos, sumergirse en su océano, tan vasto como la conciencia humana, hacerles un cambio por aquí, uno que revolucione la época por allá, o incluso sabotearlos o hacerles hijos. A mí también me encanta esa gimnasia de piscina. Sin embargo, los signos no son la realidad.
Robé la palabra "fisura" para referirme a este divorcio entre nuestro imperio sígnico y el universo del filósofo catalán Salvador Pániker. Él enuncia muchas de estas ideas en Aproximación al origen, libro que considero excepcional. Ahora, a esta fisura prefiero llamarla prótesis. El lenguaje, la palabra, el pensamiento es una prótesis que adquirimos paulatinamente durante la infancia, por lo tanto, es artificial. A través de esta prótesis miramos, clasificamos, intervenimos y entendemos la realidad.
En resumen, el lenguaje es una prótesis que nos ha permitido apropiarnos del mundo pero hace que, inevitablemente, poseamos una ficción. (Llegamos a la ficción.) Y toda ficción es manipulable. Este es el corazón de mi hipótesis de esta tarde de viernes en el Aula Magna del Cenart, gracias a este encuentro al que agradezco mucho haber sido invitado aunque haya venido a decir obviedades. Toda ficción, todo código es manipulable. Y aunque todos tengamos la capacidad para intervenir en esta manipulación en una escala del uno al cien, que no del cero al cien, quienes llevan la batuta son los grupos de poder.
De forma llana, Philip K. Dick lo describe así: “si eres capaz de controlar el significado de las palabras, puedes controlar a la gente que las usa”, y su compatriota George Carlin advierte que “los grupos de poder buscan controlar la información y buscan controlar el lenguaje porque así controlan el pensamiento [...] si quieres saber si algún grupo desea controlarte sólo basta darte cuenta si pretenden controlar tus palabras”.
No estoy diciendo nada nuevo, el taoísmo y el budismo, entre otras muchas filosofías prácticas, llegaron a esa conclusión siglos atrás. Del lado occidental tenemos, entre otros, a Wittgenstein, quien con su Tractatus de 1921 le mordió la cola a la filosofía oriental. Globalización del pensamiento sin Internet. Su frase “sobre lo que no podemos hablar debemos guardar silencio” bien podría decirla un maestro zen. Otro silogismo de ese librito reza “la mayor parte de los interrogantes y proposiciones de los filósofos estriban en nuestra falta de comprensión de nuestra lógica lingüística”. Y otro más, una joya: "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo". De nuevo, el asunto no es el universo, sino nuestro código, nuestros lentes.
Occidente es la palabra que sumaría para volver la triada una tétrada en esta hipótesis. Por Occidente me refiero a Europa del Oeste, los humanos actualmente conquistadores del código gracias a los avances tecnológicos e intelectuales que le permitieron sojuzgar al resto de la humanidad del planeta, ya sea de forma directa como en América, África y buena parte de Asia, o indirecta como en China o la Antártida; esto desde hace cinco siglos. La visión de los países al noroeste del Mediterráneo domina a pesar de las múltiples y valiosas contribuciones de nosotros, la resistencia de América Latina. Tenemos a Bolívar Echeverría, Juan Rulfo, José Martí, Willie Colón, Teresa Margolles o Casa tomada de Cortázar. Somos un poderoso reflujo que se viene recuperando de el tsunami occidental. Esto es un buen ejemplo de la danza interminable de la fuerza-resistencia, movimiento eterno que es la base del universo. Resulta poético o mecánico, depende desde qué código se vea.
El triunfo de Occidente, entonces, nos ha llevado para bien o para mal a esta cotidianidad, la que vivimos desde nuestros individuales asientos en este edificio: los antibióticos, la música, los Voyager saliendo del sistema solar, esa pintura que sin advertencia nos dejó boquiabiertos, la tecnología que llevamos en el bolsillo. Y a su vez, a la zombificación que implica seguir las mismas directrices, estéticas y canales de información que nos imponen los ganadores de esta guerra de clases, los famosos "los dueños del mundo", porque se imponen tano en Madagascar como en Grecia. Sí, es el pensamiento dominante el que ha preparado el campo para esta existencia preapocalíptica. Respiramos mierda, comemos productos tan manoseados que han perdido su espíritu, somos esclavos del lento transportarse de la multitud, nos gusta poseer objetos brillantes, imponentes o que emitan luces, consumimos de la forma más desenfrenada que nos permita el dinero recibido por las buenas o las malas, en fin, nuestra existencia está enfocada en satisfacernos únicamente a nosotros mismos. Es la joya de la corona de nuestro sistema sígnico reinante: el Yo absoluto. Nos miramos el ombligo muy satisfechos en una forma que en los siglos y milenios pasados resultaría absurda o al menos impráctica. Victoria del capitalismo, del ultraindividualismo que nos conduce como ovejas adormiladas a la crisis más grande en la breve historia de la especie. Estamos entrando al vórtice, las sacudidas son graves porque ya vemos venir el cambio climático o el ascenso de los fundamentalismos, pero no se compara con lo que vivirán los humanos del futuro próximo. Qué bueno que les tocará a ellos y no a nosotros.
Este hiperindividualismo es fruto del pensamiento occidental. Odio repetirme de forma tan grosera, pero es claro que otras maneras de ver/entender el universo no son tan dañinas. Como ejemplo quiero mencionar la gran inundación de Ciudad de México, la famosa CDMX, cedemex, qdms o como se pronuncie, que ocurrió en 1629. La zona del Lago de Texcoco llevaba al menos tres siglos albergando una gran densidad poblacional (un millón de personas según varios historiadores), que descendió dramáticamente tras la Conquista y sólo se recuperó hasta el siglo XIX. Tenemos entonces ciudades, reinos, muéganos de personas prehispánicos que debían satisfacer necesidades muy similares a las nuestras. Como sea, tras la colonización los invasores decidieron que sobre las ruinas de la capital mexica edificarían la capital de esta parte del reino de Castilla. Para levantar los macizos edificios necesitaban, además de mano de obra gratis, materia prima como la madera. Y qué forma más sencilla para obtener madera que hacer traer los árboles de cerros y montañas aledaños. La deforestación no es algo que preocupe a alguien que desea ver pronto concluido su hogar. Importo yo, ¿no es así? Entonces vino una época de lluvias especialmente severa. Las montañas que rodean la cuenca no pudieron contener el aluvión porque carecían de la vegetación para hacerlo. El lago subió de nivel de forma tan desastrosa que la ciudad fue abandonada por más de dos años. Hay un mascarón de piedra colocado en la esquina de Madero y Motolinía que pueden ver por ustedes mismos que indica el nivel que alcanzó el agua. La pregunta es, ¿por qué una inundación de ese calibre no sucedió antes (aunque como toda zona lacustre representaba dificultades para quienes la poblaban)? ¿Tendrán algo que ver los espesos bosques que rodeaban el lago? ¿Qué código organizacional impediría por lógica básica siquiera pensar en un acto de deforestación de ese calibre?
No el que tenemos ahora, eso es claro. El que tenemos ahora, la prótesis occidental, no solo deforestó los cerros de la cuenca de México, sino los bosques y selvas de todo el paneta, ha ensuciado ríos, lagos, mares y océanos, la atmósfera e incluso la órbita, y esto es porque ha ensuciado nuestras conciencias poniendo en lo más alto el binomio "produce-consume" como el camino más alto para satisfacer al Yo absoluto.
Con esto termino la exposición de la hipótesis que han sido tan amables de escuchar: la apropiación que hemos hecho del mundo es una ficción que vemos a través de la prótesis que significa el lenguaje. Y por ende, el pensamiento, principalmente desde su versión occidental.
Leer y escribir es dañoso, como del diablo.

Termino con un cinismo de Philip K. Dick: "el problema con educarse es que toma un largo tiempo; utiliza la mejor parte de tu vida y cuando terminas lo que sabes es que  te iría mejor si te hubieras dedicado a ser banquero".
            Gracias.


[1] El límite de Chandrasekhar es la máxima masa posible de una estrella. Si se supera este límite la estrella colapsará para convertirse en un agujero negro o en una estrella de neutrones.

23 enero, 2014

Bailemos mientras dure la música



Resulta que 85 personas poseen la misma cantidad de dinero que la mitad de la población del paneta. Esto quiere decir que aún hay mucha lana que estos 85 paladines pueden hacer suya. Así que no desfallezcan, el Capitalismo sigue robusto y pujante: todavía tienen oportunidad de hincar el diente en el banquete de la riqueza, casarse con su personaje favorito de la farándula (o alguien de cuerpo similar) y regocijarse en los lujos y privilegios de la gente bonita. Sí, mientras haya botín sus sueños poblados de cuentas bancarias siguen siendo posibles.

03 marzo, 2013

Sábado de libros en la Feria de Minería




Nada como hablar de libros después de una laaaaaaaaarga temporada de no posts. Sí, ya sé que este blog parece lote baldío por la ausencia y descuido de sus administradores, pero, ah, como chillamos cuando nadie nos lee.

En fin, hoy me anduve paseando con canasta y con rebozo de bolita en la XXXIV Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería en su antepenúltimo día, se acaba el lunes, así que córrale con el perico, la novia y la abuelita si es que todavía no ha ido y aproveche la orgía de consumo cultural desenfrenado (eso sí, más chido que el consumo a secas, ése no aporta un carajo). Aquí está la crónica.

La fila de tres cuadras, la ingrata
Cuánta razón tenía Chava Flores cuando escribió la letra de “Sábado Distrito Federal” y decía que atravesar el centro era un desmoche, y es que para comprar el boleto de la feria había que darle la vuelta a la cuadra hasta el Eje Central. Aunque da gusto ver a gente de todas las categorías texonómicas formadita como si fuera a entrar al antro más mamón de la ciudad: mamis con carriolas, viejitas malhumoradas, pubertos enviados por su maestro de literatura para subir un punto y alcanzar el seis, universitarios de todas las escuelas y disciplinas, pobresores con los bolsillos rotos pero con buen ojo para las ofertas, escritores con ínfulas de rock stars caminando en Beverly Hills, poetas desahuciados por las industrias culturales y que una vez al año consiguen organizar la presentación de su veintiúnico libro, et ál.

Ahí me encontré (o me encontró, ya ni sé) al buen @KaISeR1939, quien hubiera sido el ganador del #misterstrangechallenge, de no ser porque se lo comió la marabunta humana que subía y bajaba cual si fueran a llevarse libros a una isla desierta y sin electricidad.
Preferí no detenerme a checar las novedades en el stand de Santillana; todavía tengo algunos libros que compré el año pasado en su barata de diciembre (estoy un poco empachado de Alfaguara, la mera verdad).

En el stand de Cuba, tenían una buena colección de libros revolucionarios, compañero, pero sobre todo de literatura, música y humanidades. Si van hoy y le rascan bien (y les late la magia negra, la mitología y esas ondas darkimalas) pueden llevarse un manual del Palo Monte para que practiquen sus propios rituales de santería en casa, o mejor aún, un libro sobre los mitos Orishas, con ilustraciones enfermizas y delirantes, como las que le gustan a su amiga la metalera.

En los pasillos del mal
Su usted padece enoclofobia o lleva seis años sin salir de su casa, mejor ni vaya, porque va a terminar tirado en el suelo en posición fetal. No, para ir a la Feria del Libro del Palacio de Minería hay que transformarse en un pez más del cardumen y fluir, fluir.

En una de esas fluctuaciones, salí despedido hasta el pasillo donde se encuentra ALBA, una editorial española chiquita, cara y con algunas golosinas interesantes en su catálogo, como esa joya intitulada La chica de la nariz torcida. Muerte y obsesión en la vida de un escultor forense, de Ted Botha, un escultor que se dedica a la reconstrucción de rostros a partir de osamentas. No lo compré nomás porque me dio codo.

Sin embargo, el fuerte de ALBA es su colección de artes escénicas y de guías del escritor que con palitos y bolitas le explican a uno cómo ser un triunfador en este perro mundo de selacimorfos, rémoras, sardinas y plancton que es la literatura.

Después de analizar si me llevaría Salva al gato de Blake Snyder, Marketing para escritores de Neus Arqués o Tim Burton por Tim Burton con prólogo de Juanito Profundo, opté por un texto escrito por Robert McKee sobre el guión cinematográfico (sí, con acento ¿y qué?, toma eso RAE). De una vez aproveché para comprar un libro que estaba volando en mi cabeza desde la última vez que visité una librería: Las canciones de Bilitis de Pierre Louÿs, un genio de la cochinada carnal.

Salí de ahí media hora después de lo previsto, pues como los lectores de tarjetas bancarias andaban fallando, pagar se convirtió en un acto de contrición (y eso que los bancos roban tanto, que con ese dinero ya podríamos estar haciendo transferencias electrónicas telepáticas). 

Atalanta tiene un montón de joyitas en su cofrecito, pero no le bajan nada. Un libro de 700 pesos, si bien te va, te lo dejan en 680. Y con todo y Ley de Precio Único. No obsta que algunos ejemplares valgan cada centavo, como Cuentos de lo extraño de Robert Aickman,  La noche de Francisco Tario o Paprika de Yasutaka Tsutsui.

En esa misma zona, y si todavía les queda varo, están algunas exquisiteces sibaritas de Siruela (que como ustedes saben tiene todo Italo Calvino), como El libro rojo de Jung de Bernardo Nante (nada más que cuesta mil varos) o Las palmeras salvajes de William Faulkner.

En la mesa de la Colección Argumentos de Anagrama encontré Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos, un librito de Élisabeth Roudinesco, que de acuerdo con la cuarta de forros es un ensayo sobre la perversidad (genius) desde la Edad Media (no, no es la etapa por lo que están atravesando sus papás), pasando por el Marqués de Sade, hasta los modernos pedófilos y terroristas. Bien fino.


Me podría pasar las horas hablando de todos los libros de Roberto Bolaño, Irvine Welsh, Paul Auster o Charles Bukowski que tiene esta editorial en su colección de literatura, pero considerando que los podemos encontrar en Gandhi todo el año y que sólo impresionan a los neófitos o a las abuelitas, y eso sólo si el título del libro está muy heavy, haré una elipsis hasta el stand de sextopiso.

Qué buenas ediciones tiene sextopiso (venga la lana por el comercial), sobre todo porque le ha sabido sacar raja a sus colecciones. Vea usted una muestra de los libros ilustrados que tiene en existencia si no me cree: Jis y Trino al alimón con Asuntos moneros 1 y 2, Jis solito con Sepa la bola, Macanudo de Liniers, El coloquio de los pájaros de Farid Udín Attar ilustrado por Peter Sís (ganador del premio Hans Christian Anderson de literatura infantil) y la versión de Alicia en el País de las Maravillas de Peter Kuper, una verdadera chingonería.







Me hubiera gustado llevarme alguno de los anteriores, pero cuando vi El rival de Prometeo. Vidas de autómatas ilustres, dije “de aquí soy”. Oh sí, hay libros que te cautivan al primer madrazo. Este volumen editado por Sonia Bueno Gómez-Tejedor (y que ni siquiera es de sextopiso) contiene una colección de relatos y ensayos sobre el autómata como personaje literario escritos por pesos pesados como René Descartes, Walter Benjamin, Edgar Allan Poe, Ambroce Bierce, E. T. A. Hoffmann, Sigmund Freud e Isaac Asimov, ahí nomás para que se den un quemón. No es barato, así que si lo quieren comprar, no piensen en esas cosas terrenales como comer o llegar a fin de mes.


La parte de arriba
Si usted es bueno para escoger jitomates en el mercado, entonces tiene que irse con mucho cuidado cuando se trepe al segundo piso del Palacio de Minería. Aquí hay muchas editoriales chiquitas e instituciones y universidades que sacan sus mejores trapitos a relucir, así que hay que estar atentos. Una buena estrategia para que no lo estén chingando ni le digan a cada rato “¿ya nos vamos?, ¿ya nos vamos?”, es empezar por aquí y dejar a los gigantes de la industria editorial hasta el final, total, Harry Potter y Crepúsculo se pueden bajar de Internet.

En el stand de la Universidad Iberoamericana, me encontré con esta ganga: Monstruos y prodigios. El universo simbólico desde el Medievo a la edad moderna de María del Rosario Farga Mullor. 169 pesitos ya con descuento. Córrale y alcanza a llevarse uno.



La Universidad Autónoma Metropolitana tiene libritos muy especializados, pero muy poca literatura; lo que es seguro es que se encuentren uno que les guste: Mauricio Molina, René Avilés, Rosalía Winocour y así. Algo que me sorprendió es que la UAM no haya reeditado su revista de culto Topodrilo, ¿qué pachó?, están dejando pasar la oportunidad de revivir una publicación neurálgica para entender la sociología de la posmodernidad.

Dos consejos por si piensa ir este domingo o el lunes: chicas, olviden los tacones, no van a entrar al martirologio sólo por subir y bajar escaleras con esos instrumentos de tortura. Tampoco se les ocurra comprar un chánwich o una crepa en la cafetería, a menos que quieran pagarlo como si estuvieran en Central Park.

Recta final
Llegado a este punto, ya estás mentando madres por el hambre, se te queman las habas por quitarle la cubierta de celofán a tus nuevas adquisiciones y seguramente ya pasaste tres veces por el mismo stand, aunque en cada vuelta hayas hojeado diferentes libros.

La visita a los últimos stands depende mucho de la persona y de la situación en la que se encuentre. Algunos aprovechan para ir al baño, excepto las mujeres, quienes se pasaron tres cuartas partes del paseo cultural en la fila para entrar al sanitario. Otros, ven donde pueden sentarse para estirar los pies y si se ven vivos agarran alguna presentación de esas chiquitas en donde más de la mitad del público son amigos y familiares del autor.

Yo aproveché para regresar a algunos lugares en donde vi libros que me hubiera gustado echarles el ojo con más detenimiento. En mi caso, este libro fue Monstruos mexicanos tomos I y II, de Carmen Leñero (por cierto, yo escribí unos libros semejantes hace un par de años sobre seres fantásticos y mitológicos). La edición está chula de bonita y es un regalazo si usted tiene sobrinos clavados en la onda zombi o amigos que se quedaron en el viaje cuando comieron peyote y ahora estudian en la ENAH.


Antes de salir al mundo real, es casi seguro que se les pegue un libro del Fondo de Cultura Económica, no sólo porque el acervo del fondo está increíble y abarca todos los campos del conocimiento humano, sino porque siempre hay una edición de bolsillo que te echa ojitos y te dice “llévame contigo”. Y de su colección La ciencia para todos, ni hablar, son libritos buenos, bonitos y baratos que te dejan pensando un buen rato después de leerlos.

A mí se me pegaron dos: Cuentos reunidos de Amparo Dávila, una autora infravalorada de cuentos alucinantes, y Piratas y corsarios de Martín Luis Guzmán, un librito que compré porque un día de estos voy a escribir una novela de piratas (nada más que termine mis 20 mil pendientes que tengo en la congeladora) y simplemente me pareció que no debía prescindir de él.



En Tusquets también hay mercancía sabrosa. Quitando las pinchemil novelas que tienen del sobrevaluado Haruki Murakami y una que otra manzana rancia, tienen un montón de literatura clásica del siglo XX y de narradores contemporáneos que si usted no conoce, puede sacarse la espinita comprando alguna de sus novelas más conocidas (ahí están, por ejemplo, La insoportable levedad del ser de Milán Kundera y Las brujas de Salem de Arthur Miller). También tienen al Santos contra la Tetona Mendoza, por si usted vio la película y quiere regresar a los orígenes. 

Un ritual que se me pasó realizar este año (no sé si por la hora o porque hacía un frío bien cabrón), es ir con los libreros que se ponen afuera. Si ya vas muy gastado, lo ideal es terminar  el viaje aquí, porque por el precio de uno nuevo, te puedes llevar tres. De cualquier manera, si tiene deudas de juego y anda más bruja que la señora que acaban de ingresar a Santa Martha, todavía puede encontrar algo en el remate de libros que se llevará a cabo en el Auditorio Nacional del 25 al 31 de marzo. Y recuerde: todo cabe en un cerebro, sabiéndolo acomodar.
  

16 julio, 2012

Máscaras



Abro los ojos. Aún es de noche. Estoy acostado frente a un bosque de máscaras, me acerco. Los rostros de la tragedia y la comedia se encienden como calabazas en Noche de Brujas. Me pongo de pie, las máscaras me apuntan con sus cuencas llameantes.

                Otros durmientes se sacuden el polvo y se acercan. La entrada del bosque exhala dos bocanadas de negrura.

                Avanzamos en fila india y nos internamos en la arboleda. Un sonoro gruñido de tripas se escucha como el aullido de un lobo. Noto demasiado tarde que me rodea una muchedumbre de sonámbulos. Los árboles se cierran como dientes, nuestros rostros son hogazas de pan que se desmoronan; hasta que la máscara se desprende de la máscara.

12 diciembre, 2011

Ojos de tigre





Los ojos del tigre se han posado en ti. Levantaste la cabeza y los contemplaste. Has sido seducido, hipnotizado. Es hermoso tu caso. 

Yo viví en el lomo del tigre por algunos años, disputando la sangre a las garrapatas, recibiendo en el rostro la brisa con olor a dólar, amando la imposibilidad de ser lo que no soy. Tú planeas domar al tigre, te pertrechas y afilas tu cimitarra, sonriente con tu extenso abdomen repleto de satisfacción. 

No puedo advertirte porque como en un sueño mis pies se hunden en el fango y mi boca es trabada por serpientes emplumadas, no puedo advertirte porque estás sordo y el único sonido que deseas escuchar de mi garganta es el estertor de la derrota, no puedo advertirte porque en el fondo ansío contemplar tu trayectoria hacia el cenit que se tornará en nadir cuando el tigre te haya devorado. 

Porque te devorará completo, porque no hay forma de domarlo, porque el tigre es el amo. Serás su esclavo, y en esa esclavitud encontrarás tu estrella polar y tu sonrisa y tus zancos, en esa esclavitud te descubrirás a ti mismo, sabrás que naciste para estar ahí, para llevar un fuete en las manos, para hacerle el amor a una hilera de culos perfectos, para ordenar tu trozo de Universo tal como debe hacerse. Es tu funeral, pero a la vez tu entronización. Será hermoso contemplarlo. 

Sé que entonces harás llover fuego de Sodoma y cenizas de Gomorra sobre nosotros, sobre mí, sobre mis pasos. El tigre ruge entre nubes de almizcle y C4, sus pezuñas destrozan ciudades y planetas, su aroma seduce a las flores más bellas del ejido. Es la gloria y es la muerte. Te perderás en los pasillos de espejo, ensordecido por aplausos y gemidos, abominando tu pasado humilde y tus pálidos sueños de juventud. El frenesí asesino te embriagará como oporto y cerveza tibia, la debilidad de los demás, su suplicante deriva te hará carcajearte, te dará ganas de tacos de tripa y suadero, de luces parisinas y esmog neoyorquino, de volar sobre los icebergs y conquistar a los ángeles negros y blancos de tu pasado. Tendrás ante ti a un millón de esclavos y un millón de concubinas. Tendrás ante ti el esplendor de los diamantes de sangre y los disparos láser de las naves espaciales. Tendrás a tus pies a un mundo, parte del mundo, ilusorio como el mío o el de Susana o el del Yoshimitsu, pero donde tú dictarás las reglas y tapizarás con los cadáveres de tus enemigos la entrada a tu palacio. 

Alguna noche, algún día, entre una mordida y otra al pan del desayuno, te alcanzarán algunas astillas de aquel grito que las montañas convirtieron en eco tantos años atrás. Sentirás una mezcla de victoria con inutilidad, de “¿y todo para qué?” combinado a partes iguales con un “pero he ganado”. Tal vez entonces comprendas que es el tigre el que ha ganado, aunque jamás lo aceptes ante nadie, aunque escondas ese sentimiento, esa sapiencia, abajo del felpudo o lo encierres en el sótano donde mantienes recluidas a tus demás debilidades. De cualquier forma no importa. Ya no será posible compararte con quienes has dejado atrás en el camino. Atrás, abajo; atrás y abajo. 

Bendito el día en que miré tus ojos, le dirás al tigre, y le darás un trozo más de alimento, tal vez un poco de tu infancia, tal vez un pedazo de tu menguante reserva de amor. De cualquier forma no importa, hay quienes sacrifican todo y no consiguen nada. Si de todas formas vamos a morir, si la muerte nos hace a todos iguales, ¿para qué esperar hasta entonces? 

Tu victoria es hoy, es ahora, es mesurable y tangible. Lo demás son vapores, palabras, ilusiones estúpidas de los envidiosos y harekrishnas wannabe. Viva Las Vegas. Viva yo; es decir: viva tú. Tu triunfo es el único posible. Los demás somos escenografía. Así siempre ha sido y así siempre será. Bendito el tigre, bendito el reino, bendita la victoria, bendito el poder, bendito tú.