Literatura, anarquismo con corbata, música, política, nostalgia del futuro, sexo, recetas de cocina, fantasía, mascotas, ciencia ficción, sueños secos y orozú.
12 diciembre, 2011
Ojos de tigre
07 diciembre, 2011
Godzilla ama a Godzuki en un Tokio en llamas
Pintarrajeado en un muro
Ella amaba mis palabras y mi dinero, mi manera de hacerle el amor y la música que compartíamos, pero no me amaba a mí.
Amarme a mí es peligroso.
Soy dulce veneno, insospechada tortura, grandeza adormilada y potente.
20 noviembre, 2011
El tragafuegos

Cuando mi padre llega al pueblo, las casas se oscurecen a su paso. Las llamas de las farolas y de los quinqués saltan al suelo y lo siguen a corta distancia.
Al llegar al puente se quedan sentadas a su lado mientras él le da tragos a su licorera llena de coñac y se pone a ver el acantilado hasta que otra caravana circense lo recoge. Entonces las llamas se quedan en el puente y se van apagando una por una. Tengo la costumbre de mirarlas por la ventana y pedir los deseos que no se me cumplen cuando soplo las velas de mi tarta de cumpleaños.
16 octubre, 2011
Corona Capital 2011, el regreso de la gente wuuu
Estaba recostado en mi cama esperando al señor del gas con todo mi itinerario bien preparado para el Corona Capital (el festival que organiza uno de los monopolios que dominan el mercado de la cerveza, y que faltaba más, hasta se da el lujo de ponerle el nombre de uno de sus productos), cuando recibí un mensaje para entregar un par de boletos que había comprado para un amigo que canceló a última hora y me pidió que se los diera a su hermana y su cuñado. El tiempo se iba y tuve que sacrificar algunas bandas vespertinas que pensaba ver: Wild Beasts y El Columpio Asesino. Lo chido es que fuimos a comer a Los Pericos, unos tacazos de ahí por
Llegamos a
Otra de las cosas que apestaron del Corona Capital es que no había dónde cargar crédito a tu celular si se te agotaba el saldo. Según esto, había unos cajeros automáticos en donde más que filas, muéganos de gente borracha trataban de hacerlos funcionar hasta que los desmadraban. Sin esperanza ya de volverme a encontrar con alguien decidí ver al menos algunos grupos para la reseña del blog.
Estuve un rato en el escenario Corona Light, en donde alcancé a escuchar algunas rolas de los CSS, que habían causado sensación en uno de sus conciertos vistiéndose como los personajes del Chavo del Ocho. Lovefoxxx se rifa en el escenario y tienen un buen repertorio de rolas pegadoras como Alala. Además, andan estrenando disco.
En el siguiente horario tenía una disyuntiva: Moby o The Rapture. El pelón vegano me cae bien y prende a la bandera. The Rapture, por su parte, son los papás de esa mamada llamada dance-punk, que tanto me llama la atención. Me quedé un rato a escuchar los éxitos de Richard Melville Hall, que a sus 46 años le da sus zapes a esas banditas lelas que tocaron en la mañana, con rolas como We are all made of stars, Porcelain o Bodyrock. Antes de que terminara Moby corrí al escenario Bizco Club con el sueño guajiro de escuchar la última de The Rapture, pero fui engullido por las hordas de orcos que gritaban: “¡chichis pa’ la banda!” y “!chelas pa’ la banda!”; según la ocasión.
El público mexicano tiene una característica, casi, casi intrínseca: para todo grita ¡wuuu!: This fucking concert sucks… ¡Wuuuuuuu! Your mother is my bitch, ¡wuuuuuuuu! Fucking assoles, don’t scream wuuuu, ¡wuuuuuu! Ad infinitum. Yo lo llamo efecto colateral de euforia alcohólica, y fue uno de los ingredientes del concierto de Portishead. Pienso que la mitad de los que estuvieron presentes la noche de ayer en el escenario Capital, no podrían mencionar el nombre de cuatro rolas de Portis. Sin ir más lejos: detrás de mí había dos chicas ebrias tarareando las primeras notas de all mine, aún después de que la tocaran. Sin embargo, el repertorio de Portishead, hizo que valiera la pena ahorrar esos 650 pesos tres meses antes: Sour times, Mysterons, Glory box, Wandering star, The rip, Silence, Machina gun, We carry on, Roads, Threads; puta, fueron los masters indiscutibles de la noche. Un pastel sonoro con capas y capas de reverberaciones. Los legendarios dioses del trip-hop habían renacido.
Aturdido aún por los acordes polisaturados de Portishead, me dejé llevar por la marejada que se dirigía al escenario Corona para libar a la última banda del día: The Strokes (yo hubiera cerrado con Portishead, pero en fin, sólo soy un humilde blogger), los precursores del look tenis Vans y pantalones ajustados. Con The Strokes, pasa lo que con Guns and Roses y U2: tienen rolas pegajosas y generacionales que garantizan que mantendrán bailando a los fans y no tan fans. Julian Casablancas (ignorante del idioma español confeso) tuvo sus mejores momentos en rolas como Last nite, Reptilia, Machu Picchu, Take it or leave it y New York city cops. Su punto débil, definitivamente es la espontaneidad: tocan las rolas exactamente igual, no arriesgan mucho en el escenario (a estas alturas, de hecho, no les importa) y sólo siguen el guión al pie de la letra. Vamos, ni siquiera se animaron a tocar algunas rolas extras después de las 11:30, cuando, según lo vaticinado por los dioses del rock, se terminó el hechizo, y todos regresamos a nuestras respectivas crujías convertidos en calabazas.
Los negritos en el arroz
Somos un pinche pueblo aguantador y conformista. Esa es la triste realidad, y se nota bien cabrón en eventos como el Corona Capital 2011, al que la amplia gama de comunicadores maiceados por OCESA le prende incienso cada año cual si fuera el Glastonbury mexicano. Todo sea por el pase sagrado al backstage, las opiniones de estos cabrones siempre serán: “Estuvo poca madre el evento”, “La organización de primer nivel, los escenarios, de lujo”. La triste realidad, es que hacen lo que sea para disminuir costos, hasta poner sani-fiestas en lugar de baños decentes. Si esa es su visión empresarial, desde este H. H. blog les recomiendo lo siguiente: para el año que entra mejor compren 85 mil bacinicas de plástico y regálenlas junto con el boleto, así seguramente ahorrarán millones a costa de los parroquianos que lo único que piden es una chela fría y un buen cartel de bandas para tener algo que contar a sus amigos el lunes en la escuela o en la oficina. Imagino las juntas de los hombres de gris, en donde dan a conocer sus ideas brillantes: “hacemos que el último concierto termine a las 11:30 para que ‘los chavos’ lleguen temprano a su casa y alcancen metro”. Lo que no tomaron en cuenta es que tardaríamos 40 minutos en salir del atolladero en que se convirtió el escenario Capital hasta la entrada del metro más cercano.
Y por último, ya basta de rellenar los horarios con grupos y solistas apadrinados por el mainstream como Ximena Sariñana, Disco Ruido, Ruido Rosa y Quiero Club (y que además van a tocar de todas maneras en El Plaza); o los grupos favoritos del hermano del primo del dueño de OCESA. No sólo se trata de acabar con el stock (los revendedores aquí son el principal ganador, ellos saben especular con los precios y lo hacen bien), sino de ofrecer un espectáculo de calidad. Y para que no digan que en este espacio sólo se critica y no se propone nada, ahí les va un cartel decente para el Corona Capital 2012:
- Arcade Fire
- Kings of Leon
- Animal Collective
- Delphic
- Au Revoir Simone
- Austra
- Foster the People
- The Knife
- Mystery Jets
- Russian Red
- UNKLE
- Caravan Palace
- Two Door Cinema Club
- Sons & Daughters
- The Vaccines
- Death Cab for Cutie
- Crystal Castles
- TV on the Radio
- The Lonely Forest
- y el reencuentro de Cibo Matto.
Podrían cerrar con: Yeah, Yeah Yeahs, Muse y The Flaming Lips.
Digo, si pueden hacinar a 85 mil personas, venderles la chela más cara del mundo, dejarlos sin llamadas a celular, obligarlos a hacer sus necesidades fisiológicas en baños de medio metro cuadrado en condiciones insalubres, tener miles de puestos de camisetas, pero ni uno solo de información; tienen el varo para mejorar el cartel y los servicios para el año que entra. Digo.
09 octubre, 2011
Feedback

Un millón de teléfonos suenan al mismo tiempo en una ciudad vacía. El personaje corre de un teléfono a otro, pero nadie le contesta. Como si fuera un efecto dominó, zigzaguea entre las cabinas telefónicas, sube las escaleras de los rascacielos, recibe las llamadas de todas las oficinas, recoge los celulares que encuentra acomodados sobre las ropas y pertenencias de los habitantes perdidos.
Al doblar una esquina, encuentra una sucursal de la compañía distribuidora de fibra óptica. Levanta el teléfono de la recepción. Le contesta su propia voz.
—Escucha muy bien lo que voy a decirte: hagas lo que hagas, no contestes el teléfono, eso querrá decir que morirás dentro de la pesadilla y no habrá manera de salvarte.
El personaje cuelga el auricular. Un millón de bestias se desperezan al mismo tiempo.
22 agosto, 2011
MISTER STRANGE CHALLENGE
17 agosto, 2011
Nace Iván
14 agosto, 2011
Monstruos bajo la cama
Cuando era pequeño tenía algunas manías que con el tiempo he ido superando. Por ejemplo, dejaba terrones de azúcar debajo de la cama para mantener contentos a los monstruos que vivían ahí. Mis padres me regañaban porque se hacían cucarachas y hormigas. Pero a mí no me importaba, los monstruos son algo serio y no hay que tomarlos a la ligera.
Un día descubrí que los terrones de azúcar ya no eran suficientes para ellos, en mi almohada llegué a encontrar notas donde garabateaban pliegos petitorios bastante peculiares: querían carne molida, chocolatinas, malvaviscos, pollos muertos y todas esas cosas que están incluidas en la dieta teratológica.
Tuve que ingeniármelas para cumplir sus caprichos: un bistec del refrigerador, unas lonchas de jamón de mi sándwich, algunos dulces de la tienda. Yo no sabía en ese entonces que los monstruos son insaciables, hasta que encontré un ultimátum pintarrajeado en las paredes de mi cuarto con amenazas e improperios.
Fueron semanas enteras de no dormir en mi alcoba. Amanecía acostado en el sofá viendo el canal del pronóstico del clima; debajo de mi cama, se acumulaba la comida podrida.
Todo acabó cuando la mucama hizo el quehacer del cuarto y encontró no uno, sino cuatro monstruos muertos. No eran tan grandes como yo pensaba ni tan temibles. Se habían comido los pastelillos envenenados que les dejé una noche. Los enterramos en el centro del jardín junto a nuestras mascotas. Pobres, no quise lastimarlos. Principalmente porque no soy enemigo de los niños: esos abominables seres que están por todos lados.
07 agosto, 2011
El Inimaginable

El Inimaginable trepa por las tuberías rotas de la pesadilla, las uñas de sus patas palmípedas raspan las paredes de herrumbre. Las tuberías son intrincadas tripas de aluminio debajo del inconsciente colectivo. Antiguamente, un hervidero de mitos las recorría, pero ahora los hidrantes están secos y sólo las habitan algunos terrores submarinos ocultos en los sedimentos de la mente humana.
Las válvulas chirrean como si bostezaran al unísono después de un sueño eónico. Las arañas primitivas huyen del Inimaginable, mientras se acerca centímetro a centímetro a la boca del grifo.
El apartamento es fantasmal y polvoriento. Tres estatuas de salitre están sentadas alrededor de la mesa, una estatua más carga un bowl de vegetales desintegrados. El ojo del Inimaginable rueda alrededor de la piscina del lavamanos. Con el rabillo atisba a una perra negra y a sus cachorros echados sobre un montículo de cenizas. Respiran acompasadamente, como si fueran un solo perro de cinco cabezas. Un cancerbero de los suburbios.
El Inimaginable se yergue sobre sus cuartos traseros como el ancestro de un oso destripado: sus rugidos son tormentas de arena.
La perra se despereza y saborea los residuos de carne entre sus dientes. Es la única criatura viva en kilómetros a la redonda. Con los cachorros colgados de sus tetas olfatea el aire viciado de la cocina. El grifo bufa algunas gotas de agua sucia. No hay rastros del Inimaginable. La perra ladra dos veces y se ovilla en el piso para continuar con su sueño monocromático y despreocupado. En el fondo del desagüe se escuchan los mugidos confusos de cientos de crías del Inimaginable, extraviadas en el colapso de sueños y realidades.
24 julio, 2011
La fuga

El hombre trapezoide asoma la cabeza entre las rejas de su jaula, los espectadores le arrojan palomitas y pedazos de muégano desde la barandilla. En el interior de su cabeza, circuitos y relés concatenan un plan de escape.
Cuando el último visitante sale del parque zoológico, el hombre trapezoide escarba un túnel con su cabeza de pez martillo. Cava desde la medianoche hasta entrada la madrugada.
Antes del amanecer, consigue remover las placas de mármol de una fuente y emerge a la superficie.
Después de una elipsis, no exenta de obstáculos y peripecias, el hombre trapezoide compra un esmoquin, consigue un trabajo y renta un apartamento en la periferia de la ciudad. Atrapado en el tránsito, casi siempre llueven palomitas sobre el cofre del cascado Buick que adquirió a precio de ganga.



