14 julio, 2016

Prótesis - ficción - apropiación



“Leer y escribir es muy dañoso, como el diablo”, dijo a mediados del siglo XVI un español que vino con la tradición OHL de chuparle las venas a la tierra y a los habitantes de lo que llamaban Nuevo Mundo. Inicio con esta cita porque tal vez el señor tenía razón.
Soy escritor. En mi caso, la triada a la que fui invitado me remite en primera instancia a la ciencia ficción. Cyborgs, fusión humano-máquina, sueños metálicos de un mundo preapocalíptico que se ha alejado más allá del límite de Chandrasekhar[1] de eso que nombramos “naturaleza”. Sin embargo no quiero aproximarme a estas tres palabras así, por más seductor y natural que parezca. Más ingenuo y ambicioso, intentaré explicar por qué (para mí) la apropiación que hemos hecho del mundo es una ficción que vemos a través de la prótesis que significa el lenguaje. Y por ende, el pensamiento, principalmente su versión occidental. Tema demasiado amplio y complejo para este breve tiempo, mas la modorra de después de la comida, así que voy directo a la médula y seré breve.
En primer lugar, el lenguaje; es decir: la palabra. "Ser humano" y "palabra" podrían ser sinónimos. El tamaño y la refinación del cerebro del homo sapiens sapiens se debe a la cada vez más compleja manera en que nuestros ancestros primates aprendían a comunicarse y registrar información. Formamos el lenguaje y el lenguaje nos formó. Y después nosotros, ese dúo código-conciencia, nos apropiamos del mundo. Quitando detalles como virus, terremotos o la muerte, a nadie en esta sala le queda duda de que el mundo pertenece al ser humano.
Ensoberbecidos por el poder que esto confiere, nos apropiamos de cada aspecto de la realidad. Sabemos cada vez más. A la vez, preferimos ignorar que entre más abstracto se vuelve nuestro código sígnico, más nos alejamos de la realidad. Por realidad me refiero al universo en todas sus escalas. Sabemos que formamos parte de él aunque nunca nos dejó instrucciones para entenderlo o el por qué de nuestra existencia.
Volvamos. ¿En verdad el lenguaje nos aleja de lo real? Borges en Funes el memorioso, modesto adolescente que tras un accidente adquirió la capacidad de recordar de forma milimétrica cada vivencia, lo explica así: "[Funes] No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)".
Las palabras son únicamente descifrables para quien conozca el código de tal idioma de tal época, es decir, son acuerdos sociales para definir un concepto, no la cosa en sí. Sé que es una perogrullada, sin embargo en lo cotidiano se esconden dios y el diablo: estamos tan acostumbrados a la convención del lenguaje que hemos llegado a confundir la palabra con la cosa en sí, el mapa con el territorio. Los perros de Funes son infinitos, y una sola palabra para describirlos le resulta grosero, falto de toda lógica y elegancia. Obviamente, la comunicación sería imposible si le diéramos un nombre único a cada cosa en cada estado, así que lo único que nos queda es la abstracción. Abstraer es una de las habilidades más sobresalientes del ser humano, y a la vez una maldición que nos gobierna.
En el momento en que abstraemos a todos los perros en una sola palabra nos alejamos de la realidad. Por extensión, cuando abstraemos, por ejemplo, el sentimiento de amor hacia otra persona en un cúmulo de palabras, nos alejamos de lo que realmente sentimos. Es obvio, podrán decir, y un costo menor comparado con la capacidad de profundizar el conocimiento y transformar el mundo que nos otorga la abstracción. ¿Cómo habríamos llegado al cálculo diferencial, la poesía, los barcos o la bolsa de valores sin este maravilloso poder? Estoy de acuerdo, sin embargo estos triunfos nos distraen de la verdad que enuncié unas líneas arriba: las palabras son signos que hacen referencia a la cosa, no la cosa en sí. ¿Y qué tiene eso de malo?, podrían preguntar con justa razón. A eso voy.
En el momento en que ponemos al lenguaje, los signos, entre y nosotros y la realidad, colocamos un filtro, un colchón, una fisura entre los humanos y el universo. En vez de mirar el universo, miramos los signos. Y claro, podemos manipular los signos tanto como queramos. El asunto no para ahí. Somos dramaturgos de nosotros mismos, y narradores-detectives del resto de lo que nos rodea. Pero al universo en sí apenas y le hacemos una marca que rápidamente desaparecerá. Como nos gusta pensar que somos lo Más Cabrón Que Ha Existido evitamos fijarnos en esta minucia mientras pregonamos el poder cuasidivino que nos fue entregado cuasidivinamente. La arrogancia es otra de las características sobresalientes del homo sapiens, pero a eso volveré más tarde. Los signos, como decía, no sirven únicamente para comunicarse y almacenar información, sino como campo de juego para la mente y los talentos. Es delicioso navegar los signos, sumergirse en su océano, tan vasto como la conciencia humana, hacerles un cambio por aquí, uno que revolucione la época por allá, o incluso sabotearlos o hacerles hijos. A mí también me encanta esa gimnasia de piscina. Sin embargo, los signos no son la realidad.
Robé la palabra "fisura" para referirme a este divorcio entre nuestro imperio sígnico y el universo del filósofo catalán Salvador Pániker. Él enuncia muchas de estas ideas en Aproximación al origen, libro que considero excepcional. Ahora, a esta fisura prefiero llamarla prótesis. El lenguaje, la palabra, el pensamiento es una prótesis que adquirimos paulatinamente durante la infancia, por lo tanto, es artificial. A través de esta prótesis miramos, clasificamos, intervenimos y entendemos la realidad.
En resumen, el lenguaje es una prótesis que nos ha permitido apropiarnos del mundo pero hace que, inevitablemente, poseamos una ficción. (Llegamos a la ficción.) Y toda ficción es manipulable. Este es el corazón de mi hipótesis de esta tarde de viernes en el Aula Magna del Cenart, gracias a este encuentro al que agradezco mucho haber sido invitado aunque haya venido a decir obviedades. Toda ficción, todo código es manipulable. Y aunque todos tengamos la capacidad para intervenir en esta manipulación en una escala del uno al cien, que no del cero al cien, quienes llevan la batuta son los grupos de poder.
De forma llana, Philip K. Dick lo describe así: “si eres capaz de controlar el significado de las palabras, puedes controlar a la gente que las usa”, y su compatriota George Carlin advierte que “los grupos de poder buscan controlar la información y buscan controlar el lenguaje porque así controlan el pensamiento [...] si quieres saber si algún grupo desea controlarte sólo basta darte cuenta si pretenden controlar tus palabras”.
No estoy diciendo nada nuevo, el taoísmo y el budismo, entre otras muchas filosofías prácticas, llegaron a esa conclusión siglos atrás. Del lado occidental tenemos, entre otros, a Wittgenstein, quien con su Tractatus de 1921 le mordió la cola a la filosofía oriental. Globalización del pensamiento sin Internet. Su frase “sobre lo que no podemos hablar debemos guardar silencio” bien podría decirla un maestro zen. Otro silogismo de ese librito reza “la mayor parte de los interrogantes y proposiciones de los filósofos estriban en nuestra falta de comprensión de nuestra lógica lingüística”. Y otro más, una joya: "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo". De nuevo, el asunto no es el universo, sino nuestro código, nuestros lentes.
Occidente es la palabra que sumaría para volver la triada una tétrada en esta hipótesis. Por Occidente me refiero a Europa del Oeste, los humanos actualmente conquistadores del código gracias a los avances tecnológicos e intelectuales que le permitieron sojuzgar al resto de la humanidad del planeta, ya sea de forma directa como en América, África y buena parte de Asia, o indirecta como en China o la Antártida; esto desde hace cinco siglos. La visión de los países al noroeste del Mediterráneo domina a pesar de las múltiples y valiosas contribuciones de nosotros, la resistencia de América Latina. Tenemos a Bolívar Echeverría, Juan Rulfo, José Martí, Willie Colón, Teresa Margolles o Casa tomada de Cortázar. Somos un poderoso reflujo que se viene recuperando de el tsunami occidental. Esto es un buen ejemplo de la danza interminable de la fuerza-resistencia, movimiento eterno que es la base del universo. Resulta poético o mecánico, depende desde qué código se vea.
El triunfo de Occidente, entonces, nos ha llevado para bien o para mal a esta cotidianidad, la que vivimos desde nuestros individuales asientos en este edificio: los antibióticos, la música, los Voyager saliendo del sistema solar, esa pintura que sin advertencia nos dejó boquiabiertos, la tecnología que llevamos en el bolsillo. Y a su vez, a la zombificación que implica seguir las mismas directrices, estéticas y canales de información que nos imponen los ganadores de esta guerra de clases, los famosos "los dueños del mundo", porque se imponen tano en Madagascar como en Grecia. Sí, es el pensamiento dominante el que ha preparado el campo para esta existencia preapocalíptica. Respiramos mierda, comemos productos tan manoseados que han perdido su espíritu, somos esclavos del lento transportarse de la multitud, nos gusta poseer objetos brillantes, imponentes o que emitan luces, consumimos de la forma más desenfrenada que nos permita el dinero recibido por las buenas o las malas, en fin, nuestra existencia está enfocada en satisfacernos únicamente a nosotros mismos. Es la joya de la corona de nuestro sistema sígnico reinante: el Yo absoluto. Nos miramos el ombligo muy satisfechos en una forma que en los siglos y milenios pasados resultaría absurda o al menos impráctica. Victoria del capitalismo, del ultraindividualismo que nos conduce como ovejas adormiladas a la crisis más grande en la breve historia de la especie. Estamos entrando al vórtice, las sacudidas son graves porque ya vemos venir el cambio climático o el ascenso de los fundamentalismos, pero no se compara con lo que vivirán los humanos del futuro próximo. Qué bueno que les tocará a ellos y no a nosotros.
Este hiperindividualismo es fruto del pensamiento occidental. Odio repetirme de forma tan grosera, pero es claro que otras maneras de ver/entender el universo no son tan dañinas. Como ejemplo quiero mencionar la gran inundación de Ciudad de México, la famosa CDMX, cedemex, qdms o como se pronuncie, que ocurrió en 1629. La zona del Lago de Texcoco llevaba al menos tres siglos albergando una gran densidad poblacional (un millón de personas según varios historiadores), que descendió dramáticamente tras la Conquista y sólo se recuperó hasta el siglo XIX. Tenemos entonces ciudades, reinos, muéganos de personas prehispánicos que debían satisfacer necesidades muy similares a las nuestras. Como sea, tras la colonización los invasores decidieron que sobre las ruinas de la capital mexica edificarían la capital de esta parte del reino de Castilla. Para levantar los macizos edificios necesitaban, además de mano de obra gratis, materia prima como la madera. Y qué forma más sencilla para obtener madera que hacer traer los árboles de cerros y montañas aledaños. La deforestación no es algo que preocupe a alguien que desea ver pronto concluido su hogar. Importo yo, ¿no es así? Entonces vino una época de lluvias especialmente severa. Las montañas que rodean la cuenca no pudieron contener el aluvión porque carecían de la vegetación para hacerlo. El lago subió de nivel de forma tan desastrosa que la ciudad fue abandonada por más de dos años. Hay un mascarón de piedra colocado en la esquina de Madero y Motolinía que pueden ver por ustedes mismos que indica el nivel que alcanzó el agua. La pregunta es, ¿por qué una inundación de ese calibre no sucedió antes (aunque como toda zona lacustre representaba dificultades para quienes la poblaban)? ¿Tendrán algo que ver los espesos bosques que rodeaban el lago? ¿Qué código organizacional impediría por lógica básica siquiera pensar en un acto de deforestación de ese calibre?
No el que tenemos ahora, eso es claro. El que tenemos ahora, la prótesis occidental, no solo deforestó los cerros de la cuenca de México, sino los bosques y selvas de todo el paneta, ha ensuciado ríos, lagos, mares y océanos, la atmósfera e incluso la órbita, y esto es porque ha ensuciado nuestras conciencias poniendo en lo más alto el binomio "produce-consume" como el camino más alto para satisfacer al Yo absoluto.
Con esto termino la exposición de la hipótesis que han sido tan amables de escuchar: la apropiación que hemos hecho del mundo es una ficción que vemos a través de la prótesis que significa el lenguaje. Y por ende, el pensamiento, principalmente desde su versión occidental.
Leer y escribir es dañoso, como del diablo.

Termino con un cinismo de Philip K. Dick: "el problema con educarse es que toma un largo tiempo; utiliza la mejor parte de tu vida y cuando terminas lo que sabes es que  te iría mejor si te hubieras dedicado a ser banquero".
            Gracias.


[1] El límite de Chandrasekhar es la máxima masa posible de una estrella. Si se supera este límite la estrella colapsará para convertirse en un agujero negro o en una estrella de neutrones.

21 enero, 2015

Nunca dejaré de jugar


En defensa de lo indefendible



El té verde parece guarumo.


Adicto al té verde, pienso que mis uñas están demasiado limpias, que desde cuándo ha sido así, y miro por el borde de la cornisa circular a mujeres absortas en sus teléfonos móviles, y veo por la ventana el humo del progreso cubrir la ciudad, se me viene entonces a la cabeza un recuerdo lejano, de cuando tiré a la basura mi biberón y nunca más usé nada así hasta que llegaron el cigarro y la botella de cerveza; quiero estar aquí pero no quiero estar aquí, y sí, mi mujer está loca, locura lúcida y frenética de la que adoro cada fragmento, me sorprende que nadie más aprecie así la locura de tan bella chica que me quiere bien y a la vez tuerce el brazo, y me pregunto hasta qué punto yo motivo que me tuerza el brazo; el té verde deja un agradable sabor de boca, calienta por dentro y me embriaga con un frenesí translúcido; me corté el costado del dedo mayor de la mano izquierda con una lata de ostiones y la abertura no ha cerrado, puedo ver mi interior rojo/rosa y me duele un poco, casi nada, el dolor no me da miedo.



            Uno de los personajes favoritos del Bob Dylan joven, el Dylan que vale la pena, es el Joker. Lo escribo así en inglés, porque “comodín”, “guasón” o “bromista” no alcanzan el significado de la palabra. El Joker es el arquetipo de quien no toma nada en serio, sin embargo Dylan lo tuerce: “’There must be some way out of here’, said the Joker to the Thief, ‘There's too much confusion, I can't get no relief’”, y así el Joker se angustia mientras el Ladrón responde que aunque muchos tomen la vida como una broma, ellos han pasado por eso, y no se hable de más falsedades porque se hace tarde. Toda esta introducción bilingüal es para decir que la vida es tanto broma como cosa seria, puesto es lo único que existe. Lo único. Y por lo tanto puede ser lo que sea, lo que uno sea capaz de construir a pesar y con aquello que llamamos “mundo”, es decir, Todo Lo Demás Que No Soy Yo. No hay caminos, pues. O el único camino es el que labra uno mismo, como bien dijo Buda antes de que Judas le diera un beso y luego se largara a fundar monasterios y vaticanos en Lhasa. Claro, esto no es justificación para echar la hueva a la sombra de la inacción y llamarle a eso “mi camino” si uno tiene el potencial y/o la inteligencia para hacer más. Porque venimos a la vida con uñas débiles y olfato de cuarta, nos arrojan desnudos y lampiños a un universo voraz e indiferente.
Lhasa.
Por eso no utilizar los pocos talentos que nos tocaron en la lotería genética resulta insultante y contrario a lo que nos dice la voz interna, el Superyó al que le gustan las tarjetas amarillas y rojas. Esto no contradice el “hacer sin hacer” del taoísmo. No tomen literalmente las frases de libros antiguos y herméticos como el Tao Te King. Y tampoco crean lo que digo. Yo qué sé.

             
   Mi mujer está loca, lo dije antes en la nube de té verde, se siente más madura que yo, y cuestiona mi falta de interés en realizarme. Detesto/adoro que me restriegue algo que sé muy bien, y que a la vez no alcance a comprender lo que “realizarme” significa para mí. No me quiero enredar en explicajustificaciones. Por eso escribo. Escribir es pintar a los Seis Dragones desde dentro. 

Los Sies Dragones en Yu Gi Oh.
Nado en una sopa de quarks y hago burbujas con un popote (popotl) con las que trazo el rostro de mi amada, la de ojos que atraviesan acero, la de cejas recias y mejillas de doncella holandesa. Es mi compañera y aliada, mi jinete y mi montura, daría la vida por ella y no pido nada a cambio. A ustedes no les importa lo muy enamorado que esté, obvio, lo digo para establecer el marco de esta historia a la que aplauden los chapulines. La palabra grillo me recuerda a Cri Crí.

Chapultépec.
¿Para qué sigo en esto? No va a ningún sitio. Son sólo palabras enganchadas a otras como vagones de un tren sin locomotora.

Madura, cabrón.
Pero ya ni prendo mi seXbox.
Eso no es madurar, es únicamente tener menos tiempo para tirarlo por la borda.
Deja de hablar como si fueras la autoridad.
Tal vez no lo sea, pero me haces caso. Te chingas.

Li Bai/Li Po echando el coto.

02 octubre, 2014

Yo en Japón 5/5



Capítulo chincue - Tokio mon amour


El sagrado Monte Fuji desde el shinkansen.


5月19日 (日)

9:00 (朝) 新幹線

Cats are the same wherever you go.
Rumbo a Tokio a bordo del shinkansen. A la cena by the river de ayer no fueron ni los franceses ni las coreanas. En cambio, además de Yoshi, el dueño, acudieron Ben, un alto y delgado australiano de calva incipiente, y una chica de Bangladés cuyo nombre nunca supe. El arroz creció un tanto desde la última vez que pasé por aquí hace más de una semana. Compramos 'comida' en un Lawson (Yoshi se agenció una botella de vino, el borrachín) y fuimos a plantarnos junto al Kamogawa. Ben se proclamó como amante de la naturaleza —Miyajima fue su hit—, de andar en bici y meditar. Se dijo anti Feizbuk y sacó un celular del año del caldo lleno de raspones como para probar su áspera vida de Nature Loving Boy. La bangladesí en cambio tenía un Galaxy S III (lo último de ese momento, con lo cual pueden datar la época de esta historia) y era fan de Instagram y demás. Era una chica de no más de 25 años, delgada, color chocolate, rostro fino y ojos penetrantes. Musulmana orgullosa de serlo, obviamente d una casta alta, presumía sin pudor sus muchos viajes por Asia. Afirmaba que los japoneses eran los más amables del Far East, y en cambio los chinos le parecieron difíciles. Animado por el vino y su nueva "esclavitud" producto de su matrimonio con una bella coreana y una bebé de cachetotes, Yoshi alargó la plática todo lo que pudo, explayándose sobre el decaimiento de Japón, el próximo declive chino —"la revolución no tarda", aseguró enfático—, la fuga de cerebros nipones hacia Surcorea y demás. No se terminaba su botella cuando los otros dos decidieron que era momento de regresar e invertir de otras formas su sábado por la noche. En el camino nos detuvimos a tomar una foto desde el puente y el buen tío Ben sacó un esmartfon para hacerlo. Automáticamente me cayó mal. Bueno, no sólo era su pose de chico naturaleza más falsa que las buenas intenciones de Peña Nieto, sino que se había entendido con la guapa bangladesí. Retornamos, pues, al hotel, donde los franceses cenaban, exhaustos por su viaje a Hiroshima (el día anterior los había convencido de llevarlo a cabo). La francheta joven y la bangladesheta congeniaron de inmediato y se pusieron a presumir —en un diálogo casi a gritos— los viajes que habían tenido. En ese punto me dio hueva suprema y fuíme a jetear.
Visto en Shibuya, Tokio.
 Para todos con los que he hablado, México significa muertos, droga y mafias crueles como 'democracia' gringa. A quienes no me interesa que visiten mi país les cuento historias sobre Xipes modernos y demás horrores a los que los narcos nos tienen acostumbrados. A quienes quisiera ver allá les aseguro que es más faramalla de los medios que otra cosa.
Melancolía eléctrica.

Ahora en el shinkansen me acomete la melancolía. No exactamente melancolía, sino reflexión acerca del rumbo de mi vida y lo que debo hacer para llevarla a más altos vuelos. Vine solo a Japón (frase que prueba la estupidez de la RAE al quitar la tilde a "sólo") para convencerme que puedo hacer lo que quiero sin tener a nadie que me lleve de la manita. Por eso vine sin libros guía ni mapas ni san Google san, por eso escribo esta bitácora —que a algunos lectores debe fascinar, chismocitos—. Nada es estático, nada permanece. No te aferres. No empujes pero persevera. No te quedes en las palabras.
Así es el metro tokiota por dentro. Wow.
 1:00 (昼) Ikebukuro (池袋)

Tomando una Corona de 80 varos. Pinche Tokio caro. A mi izquierda un par de douchebags con dos nenotas. Me siento un curtido turista en comparación con la primera vez que estuve aquí. Estoy a mis anchas —aunque necesito una ducha. 
Ramen, manjar de dioses.
 9:20 (夜) 池袋 (Ikebukuro)

Estoy, de nuevo, en el café/restaurante/bar del hotel. Un corrillo de nipones más rucos que jóvenes asedia a un par de gringas, una gordita y la otra supremamente guapa, en un inglés irrisorio. Vaya que los domingos en la noche son animados en la capital de Nihón. Tras registrarme en el hotel y descubrir fascinado mi single room con baño propio, darme una ducha y arreglar mis cosas, fui a comer mi primer ramen en Japón. Buenísimo, mi platillo favorito. Además del ramen tradicional, que recomiendo para iniciarse en el mundo de los tallarines rizados —las maruchan no cuentan—, hay variedades con ajo tostado, cebollín, cerdo triple, pollo, germen de soya, etcétera. El de cebollín vale la pena también. Y el de triple cerdo si aman el tocino.Ya con la panza llena fui a la Universidad de Tokio a reunirme con Nobu. Comenzó a chispear. No me perdí en la colonia (la estación de metro queda un tanto retirada de la universitat) gracias a las prolijas y amables explicaciones —en japonés. Hasta que las largas clases de "como pedir indicaciones" dieron fruto— de una pareja de estudiantes con lentes, como casi la mitad de la población nipona. Tras extraviarme un poco en el campus, porque había una especie de feria de ciencia y artes, di con Nobu y lo acompañé a comerse un... ramen (con ajonjolí negro). Luego fuimos por un té. Nos cruzamos con un nutrido grupo de universitarias en minifalda; fue ahí cuando se me ocurrió eso de que en primavera y verano Japón es un bosque de piernas desnudas [y femeninas, thanks god]. Nobu prometió ir a México en verano —lo cual cumplió hasta primavera del año siguiente. 
El trío danés.
 Regresé a Ikebukuro a escuchar el festival veraniego de jazz. Estaba una banda danesa (piano, bajo y bataca) bastante buena que me recordó a Keith Jarret —¿ven cómo siempre que conocemos algo nuevo lo comparamos de inmediato con una cosa ya sabida?—. Tras ellos cerraron el festival un trío (dos guitarras y cajón) de nipones peinados como animé que tocaban "flamenco". El público —un tato parco comparado con los desbordados mexicanus—enloqueció cuando tocaron una versión "flamenca" de Hotel California. Los tipos eran ultra mega mamones. Hablaban entre rolas de su exitosísimo concierto en Central Park, NY, en enero ¡del año anterior!; hablaban y hablaban de los populares y amados que eran en Niuyork. Para estándares mexicanos los tipos eran insufribles, pero para la modestia nipona superaban con mucho los límites de la mamertez. Sin embargo la gente aplaudía como si el terceto de peinados de salón fueran los Beatles revividos. Asqueado (como buen mamerto myself), me fui al hotel a ver un poco de tele (que apesta como la mexicana) y luego bajé a tomar un par de coronas a precio Polanco y escribir esto. Las gringas ya escaparon de los japoneses ebrios. Yo hago lo mismo. Oyasumi.

El trío flamenco niponés.
 5月20日 (月)

12:00 (昼) Asakusa (浅草), cerca del Sky Tree

Estación Ueno (上野).
Me levanté a las 7, dispuesto a explorar la capital nipona, sin embargo la lluvia no se había detenido desde la tarde anterior. Miento, el plan original era ir a Hakone (población a una hora en tren) a ver el Fuji y disfrutar de un onsen (温泉, baño de agua termal), pero como la lluvia y la niebla estaban de a peso —frase actualísima— decidí cancelar el viaje, pues sin duda no vería una mierda del famoso volcán. Fui a desayunar sopa y tostadas —el jugo de naranja y la papaya fruta picada son lujos para ricos aquí— en el caro café del hotel, y tras terminarme un tazón gigante de sopa aguadísima pero no por eso menos sabrosa, ante el clima me sentí tentado a quedarme en el hotel a leer a [papi] Dostoievski, pero mis pies, descaradamente autónomos, me dirigieron al metro y de ahí a Asakusa, específicamente a la Puerta del Rayo, Kaminarimon (雷門). Revitalizante llovizna y "misteriosa" niebla me acompañaron. El sitio estaba lleno de turistas chinos, quienes por su actitud y manera de vestir me recordaron a los tolucos (excepto honrosas excepciones, Toluca está llena de gente prosaica, petulante y gris). Fui al Templo del Rayo y curioseé entre los puestos de suvenires. Me crucé con un par de españolas, fueron las primera palabras en mi idioma que escuchaba en dos semanas. Luego caminé hasta el Sky Tree (para lo cual debí cruzar el caudaloso Río Sumida, 隅田川), reciente y enorme construcción fálica con la mejor vista de la ciudad, tan alta que las nubes cubrían su parte superior. Además de la torre tienen un acuario y el infaltable shopping mall. Asustado por los precios y mi decreciente reserva monetaria, me contenté con comprar un par de madres de Evangelion. Había unas cubiertas para iPhone tan chinguetas que me hicieron desear uno sólo para poder ponérselas —en serio. 
El Sky Tree picándole la panza a las nubes.
 Después descubrí que la entrada al mirador del Sky Tree costaba 2,000 yenesotes, y que había que esperar media hora para subir porque una multitud hacía fila. Decidí no subir, me causaba fiaca y codez cumplir con esas condiciones para ver nubes y niebla por más que me gusten, así que me fui en busca de un restaurante (que como ya dije abundan como hongos en bosque en época de lluvias). Elegí uno de tonkatsu, o carne empanizada y freída —en ese sitio caí en cuenta que puedes pedir arroz blanco gratis, el equivalente a las tortillas acá—. De ahí de vuelta al hotel, donde me tomé mi tradicional Corona con "limón" (una especie de lima/limón). De aquí iré finalmente a Shibuya.
Cartel de una infumable peli de Swcharshy.
 7:00 (夜)池袋

Akihabara (秋葉原), paraíso geek.
No fui a Shibuya, sino a Akihabara, el Tepito de Tokio. Esto lo decidí en el metro, parado frente al mapa, y la verdad no sé por qué. Además de las tiendas de electrónicos, el lugar es pletórico en establecimientos de manga, aidoru stuff, girl-bars (populares antros para hombres atendidos sólo por chicas, que pueden sentarse contigo y reírse de tus chistes, aunque es prohibido tocarlas) con jovencitas cospleyeadas, palacios de videojuegos y de ropa y accesorios BDSM. Alegre recorría uno de los tantos sitios dedicados a las aidorus (porno, porno everywhere) y al manga/animé cuando me entró un malestar súbito y devastador como crack de la Bolsa. Sudaba y tenía náuseas. Pensé en retirarme al hotel, pero no había ido hasta allá para huir con la cola entre las patas, así que me forcé, jalando aire con la boca abierta, y continué con el recorrido. Compré figuritas hechas en China de Gokú y otras para amigos y parientes que eso habían encargado y luego, finalmente, mi carísimo diccionario electrónico. Después pasé por la calle de los girls-bars, atascada de nenas cospleyeadas en minifalda que te invitaban a entrar. Lamentablemente no te dejaban tomar fotos. Evangelion 3.33 se promocionaba en cada nicho disponible, la música de Beethoven y la original de la serie se escuchaba por todos lados. Debía sentirme realizado —como buen geek—, pero las náuseas eran superiores. Derrotado por mi sistema digestivo luchando con la comida alien, volví al hotel, en donde en vez de mi Corona estoy tomando un té hawaiano más amargo que la bilis (o el chaparro amargoso).

Estacion de metro/tren.


5月21日 (火)

11:00 (朝) Sakura Hotel, 池袋

Estoy en espera de que se lave mi ropa en las lavadorasecadoras del hotel. Ayer, tras el té amargo como realidad mexicana me sentí mejor y pedí una Corona. A mi lado se sentaron un gringo y un australiano que hablaron horas de Game of Thrones. Después me fui al cuarto a jugar con mi diccionario. El juguete vale los ¥36,000 que costó. Hoy desayuné rodeado de chavos y chavas (no me pidan que hable de las chavas, pero ¡qué chavas!) uruguayos que están recorriendo el mundo. Mi plan era ir al zoológico de Ueno (la prisión de animales de Ueno, pues), pero esto de lavar ropa me quitó la mañana, así que iré a la librería de Ikebukuro y después a Shibuya, ahora sí. Tras 渋谷 (Shibuya) veré dónde como y por la tarde Harajuku (原宿) y Omotesando (表参道). Mañana Hakone y por la noche acompañaré a mi senpai Jorge —compositor y estudioso del koto y el shamisen— a un concierto. Cuatro días más y estaré volando de vuelta a la mitad de México que nos queda.
Tokio está condenado a desaparecer cuando se terminen de derretir los polos.


11:00 (夜) Ikebukuro (池袋)

El megaultra famoso cruce de Shibuya.
Laaaargo día. Tras comprar libros en 池袋 fui a Shibuya, el sitio más famoso de Tokio para quienes hemos visto Lost in Translation, Resident Evil y miríadas de pelis más. Ahí se encuentra también la estatua de Hachi the dog. Otro lugar retacado de varo y consumismo, consumismo y chicas guapísimas. Entré al Tower Records (yo, que soy pro-piratería —no le digan al FBI ni al NMPA—) y me perdí un rato entre los miles de discos ¡más baratos que en México! Sentíme un poco decepcionado porque no tenían el disco de Geinō Yamashirogumi (芸能山城組) que tanto soñaba conseguir acá, ni tampoco nada de Frank Zappa. Para desquitar compré el cedé de Daft Punk (RAM) que había salido al mercado ese mismo día. Afuera del Tower me topé con la familia de franchutes que conocí en Kioto —mother of invention casualties—, quienes me recomendaron cierta calle de Harajuku, y para allá me fui ipso facto (hasta en latín les hablo, qué bárbaro). No estaba lejos, pero tomé el metro porque soy un huevón hacía un calor de los trece mil demonios. La calle en cuestión, Takeshita-dōri [竹下通り], resultó ser reducto de tiendas de ropa dark, punk, neodadá, rocker, BDSM, goth lolita y demás “tribus urbanas”. Como el tianguis del Chopo en su era de gloria. No se pierdan este sitio, y no se dejen amedrentar por los inmensos negros que en japanglish les intentan vender iPhones y Galaxys. Regresé a Shibuya a comprar un poco de ropa —a donde fueres haz lo que vieres—, comer un delicioso ramen de ajo tostado y luego al hotel a bañarme porque mecai que el calor estaba jodedor. Volví a Shibuya (atardecía) y me metí a ver la chunflada de Iron Man III en 3D pa checar cómo eran los cines nipones. La sala estaba casi vacía, y la pantalla, la más grande del complejo, era pequeña en comparación con los templos/cines gigantes que tenemos en México gracias a los parricidas Ramírez. Saliendo, ya de noche, pasé a Shinjuku para conocerlo en la oscuridá (cuál, casi hay más luz que en el día). Cené en un nefando McDonalds —los nipones le llaman ‘makudonarudo’— en Ikebukuro. Bienvenido a Japón, donde los McDonalds abren 24horas y puedes fumar sobre la hamburguesa de tu vecino.

Hachi el perro. De seguro recordaron a Richard Gere.
Takeshita-dōri. No se alcanzan a ver los negros vende celulares.


5月23日 (木)

8:30 (朝) Ikebukuro

Imagina una extensión absolutamente negra. Oscura, fría, infinita. En el centro de la negrura aparece un punto blanco, pequeño pero brillante como estrella lejana. Es algo en la inmensa tiniebla, pero muy, muy pequeño. Te maravillas, sin embargo, que pueda existir entre tanta nada oscura. Acércate poco a poco. Descubre que brilla, sí, como una estrella. Pero entre más próximo lo tienes descubres que ese único reducto de luz resiste la infinita presión de la tiniebla que desea ciegamente aplastarlo. De hecho, ya más cerca te das cuenta que el negro comienza a filtrarse dentro dela blancura, diminutas ramificaciones de oscuridad la penetran y craquelan. De un segundo a otro la presión exterior gana y el punto blanco desaparece. Todo vuelve a ser negro, absoluta y fríamente negro. Es tu vida, pequeña y brillante, excepcional y en contraposición a la no-existencia que todo lo cubre. Es tu vida, lo único que tuviste, tienes y tendrás, y dura menos que un suspiro. ¿Qué harás con ella? ¿Por qué tienes miedo de hacer lo que quisieras hacer? Del negro vamos y al negro volvemos. Qué más da.

Amables lectoræs, habrán notado que no hay registro escrito del día anterior, miércoles 23. Eso es porque, además de que fue un día ajetreado, caí en ese cursi existencialismo prototaoísta al que soy afín. Sentía que mi viaje al Japón carecía de objetivo. Una desgana similar a una cruda de mañana de domingo dominaba mis músculos y neuronas. Sin embargo tuve frente a mí dos casos de existencias enfocadas en realizarse que me dieron una lección.
Pasillo perdido en una de las tantas estaciones del metro.

Shibuya again.

Primero fui a Akihabara en busca de un libro de arte de Tekkonkinkreet (鉄コン筋クリート, película de animación que DEBEN ver o morirán sin disfrutar uno de los mayores hitos producidos por la maquinaria manganimática japonesa) que vi en Kioto pero no compré por codo —no sean codos, niños, no sirve de nada—. Recorrí las muy surtidas librerías de cómic manga (atascadas de historias desconocidas para su servilleto) y hentai de todos los tipos para todos los gustos, pero nada de lo que yo buscaba. Terminé en una concurrida librería de viejo de siete pisos con precios baratísimos y productos mínimamente usados. Una maravilla que me sirvió para surtir algunos discos. Ante la edición completa del manga de Akira, con un precio de tan sólo 200 pesitos en total, vacilé porque, como buen ígnoro neolítico, pensaba que el límite de peso de la maleta en el avión era la mitad de lo que en realidad era. Regresé a Ikebukuro a almorzar (ramen again) y tomar una siesta motivada por mi ánimo zozobrante. Partí para Shibuya a reunirme con mi senpai  Jorge, a quien conocí en la escuela de japonés y siempre he admirado por su disciplina y entrega miméticamente nipona. Fuimos a Shinjuku il mio amore —si pudiera elegir cualquier sitio de la Tierra para vivir, Shinjuku está en segundo lugar de la lista— a comer. Buscábamos un negocio de ramen, (sí, estoy enfermo por el ramen) pero no dimos con él. Admiraba las calles del barrio tokiota con la bocota tan abierta que se me hubieran metido varias moscas y un ejército de zancudos si no fuera porque no había. Terminamos en un súper pequeño/nice sitio de "men" o tallarines. Servidos con la salsa aparte y una diminuta ensalada —extrañaba muuucho la verdura fresca—, resultaron una delicia gourmet. Mientras nos atascábamos, Jorge contaba sobre su escuela (donde estudiaba shamisen, 三味線 ["tres cuerdas"], instrumento tradicional nipón que se toca con una púa) y el estricto sistema japonés —10 horas de estudio y luego baito, o trabajo de medio tiempo— que tanto admira. Realizado, apenas y extrañaba México. Los tacos, tal vez, y a su mujer, mucho. 

Otro paraíso geek en Akihabara.
Debo decir —banalidades de la vida— que encontrarme con un mexicano y hablar con "güey", "no mames" y "chingón" tras tantos días resultó un oasis mental. Imaginen lo que significaba para él con casi diez meses en la isla. El buen George, recién llegado al tercer piso, tenía senpais ocho o nueve años menores. Leve paréntesis cultural (¡hurra!, gritan algunos lectores, ¡shale, qué hueva, eso ya lo sé!, mascullan otros): en las escuelas —y en los trabajos—, principalmente la universidad y la prepa, quien está en los semestres superiores es tu senpai [先輩], al que debes respetar y obedecer (e incluso hablarle de usted); en cambio, los de semestres inferiores son tus kōhai [後輩], quienes te obedecen y respetan —y obvio se refieren a ti como "senpai"— aunque eres responsable de ellos. Tras cenar/comer (como allá se acostumbra, es decir, la comida fuerte es como a las 6 de la tarde) fuimos al Jazz Spot, antro antiguo y venerable. 
輝&輝 in da house.

Se presentaron un dúo de chicas (24 y 25 años) que tocaba shamisen "moderno" —es decir, del tipo futozao (太棹) de shamisen, que se toca con mayor energía y es harto popular últimamente— acompañadas por una guapa percusionista harto hábil, una saxofonista y un bajista virtuoso de 20 años. Presentaban su segundo disco (que compré y autografiaron). Excelente banda —Ko & Ko, 輝&輝—, me impresionó su apasionamiento y obvia dedicación, eran notorias las horas y horas de práctica. Se me olvidaba decir que una vez en el antro jazzero llegó un senpai de Jorge, un jovencísimo y delgado nipón también estudioso del shamisen. En resumen, el público se rindió (nos rendimos) ante 輝&輝. Llegué casi a las 12 al hotel impresionado por lo que la voluntad y la dedicación pueden hacer. Pero antes una anécdota que suelo contar y a mis amigos ya les aburre: el metro que me llevó a mi refugio temporal —todos son temporales— olía a borracho. Lo abordaban los acostumbrados tokiotas silenciosos (es de mala educación conversar o hablar por teléfono en el tren) y bien vestidos, quienes ante un no tan agudo escrutinio revelaban las dos o cinco cervezas que acababan de ingerir. Dos jóvenes consolaban a una chica en cuclillas que estaba a punto de vomitar. Así las cosas el miércoles a las 11 de la noche. Casual. Y no juzguen su alcoholismo, no pequen de hipocresía, sino admiren (como yo) su sociedad que permite la bebida sin vergüenzas porque ellos nos arman barullo ni tiran patadas como algunos solemos cuando los tragos se suben a la mollera.
Los elegantiosos/calurosos guantes blancos de un conductor del metro/tren.


1:00 (昼) Ikebukuroのramen-ya

Tras levantarme tardísimo (8:30; ya sé, soy un party monster) fui a desayunar las tradicionales tostadas de pan blanco y sopa aguada del café del hotel. Los uruguayos son miles. Y las uruguayas, ummm. Tenía planeado ir al museo de ciencia a ver los dinosaurios, pero una vez más mis rebeldes pies decidieron por sí mismos —no hay respeto por las jerarquías corporales anymore— y me llevaron a Asakusa a comprar los omiyages ('it's not a souvenir, it's an omiyage!') que me faltaban. De las cosas que voy a extrañar de aquí es poder sorber los tallarines. Reforzando lo dicho poco arriba: los nipones desayunan en la madrugada, almuerzan onda 1 o 2 y cenan como a las 6~7. Y engullen a velocidad luz, en lo que leíste esta frase ya se terminaron un ramen que yo tardo quince minutos en comer.
Chinas bajo la Puerta del Rayo (雷門), Asakusa.


4:30 (昼) Sumida (墨田), Sky Tree

Bajo la no-sombra del Árbol del Cielo. Debo esperar una hora para poder subir. 人がいっぱい。Penúltima tarde en el Japón. He encontrado la paz, e inspirado por los múltiples ejemplos de dedicación, muero por regresar y acometer con “nuevos bríos” mi trabajo (obra y chamba) hasta conseguir esa pasión/dedicación que he venido a encontrar en esta isla. Tras comer fui a Ginza (銀座), que es todo lo que Polanco quisiera ser —aunque con menos árboles—. Huele a Quinta Avenida. Carece un tanto del encanto oriental de Shinjuku, pero el lujo y el caché rezuman de cada ladrillo y centímetro de concreto. Vagabundeé espiando las tiendas de diamantes y ropa italiana (puras nacadas, la mera verdá, sobre todo el carbono los diamantes, se me hacen horribles). Me topé con una gigante tienda de discos especializada en jazz y clásica. Entré, esperanzado en encontrar mi disco de Geinō Yamashirogumi. Hablé con una de las encargadas, quien tras una búsqueda descubrió que en el catálogo tenían como 20 cedés de la banda, pero ninguno en existencia. Cabizbajo, volví a la calle, donde vi a un monje pidiendo dinero. Más adelante un sujeto trató de venderme un enorme mapa de Tokio en 1950, que no compré porque temí que se hiciera añicos durante el vuelo. Regresé al tren subterráneo y vine a Sumida. Se me cayó la quijada hasta las botas cuando vi la fila para subir a la “torre más alta del mundo”. Pero pos ya qué.
Tokio desde el Sky Tree.


8:00 (夜) Ikebukuro (池袋)

El Sky Tree (¥2,000) es más faramalla fálica que otra cosa, de hecho considero que no vale la pena pagar los mil yenes extra que cuesta subir otros 50 metros sobre el mirador principal. La vista es impresionante, claro está —recomiendo ir de noche (o al anochecer)—, pero hay demasiada gente y no se puede disfrutar a gusto. Digamos que fui para poder decir que estuve en la torre-más-alta-del-mundo. Cuando regresé a las calles de Sumida la noche caía con la lentitud propia de estas latitudes. Exhausto, viajé en el metro contemplando a una chica de minivestido y medias, impecablemente peinada y maquillada, con una bolsa Louis Vuitton, iPhone, etcétera, es decir, todo el kit. Supuse que debía ser la persona más feliz del mundo, puesto que estos accesorios la prometen —‘te lo firmo y te lo cumplo’— con confiada seguridad. Ya sé, “el dinero no da la felicidad, pero es mejor llorar en un Ferrari”, dirán algunos, pero permítanme decirles que están bien weyes, que el consumismo (mejor dicho, el capitalismo actual) no sólo nos ha vuelto seres vacíos y solitarios, sino que agrede al planeta de una forma salvaje, estúpida e innecesaria. La principal característica de la humanidad no es la conciencia o la tecnología, sino la soberbia. Ahora estoy en una pizzería disfrutando una “diabla” (casi picosa) y una chela italiana. En la estación vi a una chica guapísima, de las más bellas que vi en el viaje, con un chorcito mínimo (casi de Sensacional de barrios), ser abordada por un compa con la frase clásica del nampa (ligue): “¿vamos a tomar un té o algo?”; la nena lo ignoró olímpicamente. Qué directos son los nipones —en Kioto me tocó ver algo muy similar—. Para el cortejo los mexicanos solemos ser más ceremoniosos, aunque hay de todo. A 36 horas de abandonar la isla, anticipadamente extraño las calles llenas de anuncios en japonés.

Calle de Ginza, el barrio cuco de Tokio.


5月24日 (金)

12:30 (昼) Kabuki-chō (歌舞伎町)

En un restaurante coreano, en el mero centro de la “zona roja” de Tokio, a punto de comer una sopa de res. Oh último día en Japón. Quería ir al museo a ver dinosaurios, pero me equivoqué de lugar y llegué al Universum-sort-of-museum —pa los que no viven en Méshiko: Universum es un museo de ciencias para niños—. La verdad, para ser "Museo de la Ciencia" era decepcionante, digo, es Japón, uno espera ver maravillas tecnológicas y así, pero nada que no pudiera verse (y a veces mejor) en México. El dischoso museo —un tanto viejo, debe ser de los 60— está en un parque que solía ser el Castillo de Edo, del cual sólo quedan los fosos, las murallas exteriores y las puertas de acceso. Además del museo pacotilla, está (ni más ni menos) el Budokan, donde tocaron los Beatles —y miles de bandas más, claro. De ahí fui a Shinjuku a despedirme, paseé por Kabuki-chō y entré a esta comida; no está tan buena.
Budokán!!!
10:00 (夜) Sakura Ho(s)tel, Ikebukuro
 Mi última noche: como es viernes esto está animadísimo. A mi derecha tres nipones pegándole a los 20 departen alegremente. Extrañaré el sonido del japonés.


5月25日 (土)
12:00 (昼) Narita (成田空港)
Me acabo de gastar mis últimos mil yenes en un ramen del aeropuerto. La maleta ya está registrada, tengo mi boleto y ahora a esperar por dos horas a que abran el vuelo. Este está siendo y será literalmente el día más largo de mi vida (hasta ahora, claro).

Lo mejor de Japón
Lo bonitas que son las mujeres y cómo se visten.
La seguridad en general. Nada de temer asaltos ni malas ondas.
La amabilidad de la gente, especialmente en Ōsaka.
La limpieza de ríos, bosques y calles.
La relación chingona de los nipones con la naturaleza.
Lo bonito que es casi todo. El wabi-sabi. 
La arquitectura antigua y moderna conviviendo en el mismo espacio.
El udón de Kioto.
Miyajima.
Shinjuku.

Curiosidades
El olor a borracho en el metro por las noches.
La forma directa en cómo ligan.
Que puedas beber alcohol en la calle.
Que haya baños públicos (¡limpios!) en todos lados.
La cantidad de restaurantes. Miles y miles.
Que no usen servilletas a la hora de comer.
Obviamnte, los excusados.
La enorme cantidad de porno y hentai, son cosas casi omnipresentes.
Que aprecien la espuma de la cerveza. De hecho hay una que promete 50 % más espuma.
Lo mala que es su tele. Lo 'mejor' son los comerciales.

Monje taloneando en Ginza.
Shinjuku. ¿Ya mencioné que me enamoré de este lugar?
Patos migratorios en una fuente en Ikebukuro.
Eso es to eso es to eso es todo amigos.